El cambio de ritmo en la música procesional
Hoy en día estamos acostumbrados a un andar pausado, majestuoso y, a veces, exasperante. Las marchas procesionales actuales se interpretan a tempos muy lentos (en torno a 60-70 negras por minuto). Sin embargo, si viajamos en el tiempo a principios o mediados del siglo XX, la realidad era radicalmente opuesta: las marchas se tocaban mucho más rápido. ¿Por qué ocurrió este cambio y cómo ha afectado al espectador?
Del esfuerzo profesional al sentimiento hermano
La clave de esta evolución musical no está en las partituras, sino debajo de las trabajaderas:
- Las cuadrillas profesionales: Hasta los años 70, los pasos eran portados por trabajadores asalariados (estibadores, peones). Solo había una cuadrilla por paso, sin relevos. Su objetivo era cumplir el recorrido de la forma más eficiente posible para evitar el agotamiento extremo. Los pasos caminaban con decisión y de frente. La música debía adaptarse a ese paso alegre y continuo.
- La llegada de los hermanos costaleros: Con el nacimiento de las cuadrillas de hermanos en los años 70, el dinero se sustituye por devoción y aparecen las segundas cuadrillas (los relevos). Al haber más descanso y una motivación sentimental, el ritmo de la cofradía se ralentiza radicalmente. Se busca recrearse en la chicotá, lucir el paso y alargar el lucimiento. La música, en consecuencia, frena su tempo para acompasarse a este nuevo andar.
La prueba del algodón: Las grabaciones históricas
Este cambio de velocidad no es una percepción subjetiva; está perfectamente documentado en la fonografía cofrade. Si acudimos a las grabaciones históricas de mediados del siglo XX, la diferencia de metrónomo es asombrosa:
- Soria 9 y Pedro Gámez Laserna: En los discos de vinilo grabados por la mítica banda del Regimiento Soria 9 en los años 50 y 60, marchas fúnebres como Amargura (Font de Anta) o Ione (Petrella) se interpretaban a una velocidad impensable hoy en día. El tempo era vivo, riguroso y con un marcado carácter militar que empujaba al paso a avanzar.
- La Centuria Macarena (Años 60): Las grabaciones antiguas de la Banda de Cornetas y Tambores del Real Cuerpo de Bomberos o de la Centuria Romana Macarena muestran marchas como Soleá o El Cachorro tocadas a un ritmo vertiginoso en comparación con la actualidad. El compás binario era un metrónomo implacable para que el misterio no se detuviera.
Opinión: El «lucimiento» que ahoga al cofrade de a pie y castiga al nazareno
Esta evolución, que muchos defienden como una mejora estética, se ha convertido en el mayor problema de la Semana Santa moderna. La ralentización del ritmo de los pasos ha derivado en un estancamiento insoportable de los cortejos en la calle.
Hoy en día, ver una cofradía de forma digna se ha vuelto una odisea. Las revirás eternas, las chicotás sobre el sitio y el exceso de pasitos atrás provocan parones kilométricos que destruyen el ritmo de la procesión. Lo que debajo del paso se vive con emoción, en la acera se traduce en horas de espera de pie, aglomeraciones asfixiantes y un desgaste físico innecesario para el público.
Pero el cofrade de la acera no es la única víctima de este ego de la trabajadera. El nazareno sufre este ritmo lento tanto o más que el espectador de a pie. Soportar parones interminables con el cirio en la mano, con el peso de la túnica y la cruz, o simplemente el desgaste psicológico de estar estático bajo el antifaz durante horas, convierte la estación de penitencia en un calvario artificial provocado por la falta de ritmo del propio cortejo.
En medio de este panorama de pasos prácticamente congelados en el asfalto, las cuadrillas mandadas por los hermanos Villanueva (Carlos y Manuel) se erigen como un auténtico oasis de viveza. Su estilo demuestra que se puede mantener la máxima elegancia y solemnidad imprimiendo un andar rítmico, alegre, que avanza y que «no engaña» al espectador ni al músico. Los Villanueva recuerdan, con la zancada de sus peones, que el fin primordial de un paso es caminar de frente y despejar la cofradía, aliviando el sufrimiento del nazareno y devolviendo la dignidad al espectador.
Conclusión
«Tempus fugit». El tiempo vuela, pero en la Semana Santa parece haberse congelado. El paso del costalero profesional al hermano no solo cambió la fisionomía de las cofradías, sino que ralentizó la banda sonora de nuestras calles. Es hora de mirar a los espejos que aún nos quedan en los martillos y reflexionar si esta lentitud extrema enriquece la puesta en escena o si, por el contrario, está devorando la propia viabilidad de la cofradía en la calle.





