Sendero de Sueños, 💙 Opinión

Volver a soñar…

Desperté a la hora marcada en el reloj. Era temprano, ¡pero había mucho que hacer! Corriendo subí la persiana y vi el cielo azul. ¡Así me gusta!, y la sonrisa inundó mi cara ilusionada. Bajé, me preparé mi cola cao de todas las mañanas y me fumé un cigarro.

Terminé de preparar las últimas ropas y llamé a mi hija. ¡Venga arriba dormilona! ¡Vamos a ver a Jesús montado en la borriquita! Con su mañanera sonrisa de todos los días me abrazó y nos bajamos al salón. Su cola cao y su ratito de televisión. Mientras mensajes a amigos para desearles una buena estación de penitencia. Entre todos, uno especial a mi mitad rociera, mi amiga Rocío, que tras una década, volvía a fajarse y ser los pies de la Reina del Cerro.

Llamada a mi madre. – Mamá, ya sabes lo que te pasó en agosto. Si te sientes mal, lo más mínimo, avisa, te sales y nos llamas. – Raquel, no me seas. – Mamaaaaaa. Bueno. Buena Estación de Penitencia y reza por todos nosotros. Un beso.

Otra llamada. – Babi (mi hermano), ¿cómo está la chica? ¡Qué ilusión! ¡Su primera Semana Santa! ¿A qué hora nos vemos? – Espera que mire el librito. – Vale, yo saldré en breve, a ver si este año tengo suerte y encuentro aparcamiento en casa. Ya he hablado con mamá. Ya le he advertido. – Vale, pero déjala disfrutar. – OK. Mandame la hora, ok? – OK.

Preparo el bolso. Botellitas de agua. Toallitas. Merienda. Kleenex. ¿Se me olvidará algo? Aahh, sí, la bola de cera. ¡Menos mal que me he acordado! Me pinto y me arreglo, como la canción de Las Soles, con la banda sonora de mis marchas preferidas. Visto a mi chica. ¡Qué guapa va con su vestido nuevo! ¡Qué grande está!

Cogemos el coche y caminito de Córdoba. Aparco después de no sé cuántas vueltas. ¡Por fin! Veo a mi hermano, mi cuñada y mi sobrina, ¡me la comoooo con su trajecito de Domingo de Ramos!, pero va dormida (mejor dejo los achuchones para después). Montamos a mi chica en el supletorio que le ha puesto mi cuñada al coche de la bebé. Así vamos más rápido.

¡Llegamos! Por ahí asoma ya la cruz de guía entre palmas y olivos. Mi niña coge entre risas y nervios su bola. Sonríe al ver los niños hebreos. Sabe que aún nos quedan unos días para vestirnos nosotras de nazarenas. Alguien conocido le da su trocito de palma y dejan otra en el cochecito de Marta con sus respectivas estampitas.

Se escuchan la banda y viene hacia nosotros Jesús montado en la borriquita. Todos se han enterado, seguro. Mi hija ya se encarga de recordarlo a voces, entre las risas de los que están a nuestro lado. Majestuoso. Sublime. Jesús en su Entrada Triunfal se aleja dejando en nosotros el buen sabor de las cosas bien hechas.

Ahora sí, Rocío va pidiendo cera a todo aquel nazareno que se para delante. – Rocío, cariño, cuando se paren. Andando no pueden dar cera. – Vaaaale, mami.

Ay, se escucha Rocío. Y un sentimiento recorre mi cuerpo. La Palma. Ahí viene. Este año, conozco a alguien más. Alguien con quien en cada recreo del cole hemos soñado con este Domingo de Ramos mientras endulzaba nuestra Cuaresma con sus exquisitos postres. Kico, te tengo presente.

Venga, ¡vamos a comer! – Menos mal que este año hemos reservado cerca. – ¡Vaya nena!, dice mi cuñada. – Con la calor que pasamos el año pasado subiendo al Olivo. Miramos la carta: flamenquín, salmorejo, algo de pescaíto y tortilla para la gordi. Un bibi para la chica, que ya no se aguanta. Pagamos y salimos.

En el Potro. Mi hija se hace amiga de otros niños que corren y juegan con sus ropas y zapatos nuevos. Bendita infancia. De pronto mi hermano y yo nos miramos acordándonos de aquél que tenía la Esperanza en su mirada. Sus ojos verdes de bondad, de paz, de tranquilidad, siguen estando en nosotros. Los capirotes negros inundan la calle. El Dios Moreno de Santiago se para delante nuestra. ¡Qué soplen! y majestuoso hace su levantá y se aleja hacia el corazón de la ciudad. De pronto, una mano amiga, revestida con guante negro, como marcan las Reglas, coge la mía. La aprieta y me da estampas. No hace falta que me diga su nombre, yo sé quien es. Mi Diputado. Mi mitad en Santiago. Alberto, que junto Lidia y Nuria me han hecho vivir las mejores estaciones de penitencia.

Y llegó Ella. Envuelta en camelias. Esa mujer que llora las Penas de su Hijo desde el mismo momento de su Concepción. Esa que me enseñó a querer el de los ojos verdes, mi padre. Vecino de San Pedro. Y que cada Domingo de Ramos volvía a su barrio, con su gente.

– Ahí viene la abuela, tito. Dice mi hija, que para un momento de jugar. Sigue pidiendo cera. Hasta que, justo delante del Señor, ese que tantas generaciones de mujeres en mi familia, entre las que me incluyo, le profesan su fe, un nazareno se para, nos mira, y con su guante blanco acaricia la cara de mi hija y mira con ternura a la más pequeña, que han sacado de su cochecito para que viera a la abuela Pepa. Mi chica se agarra a su vara y juguetea con su capa. -¿Vas bien?, ¿quieres agua?. – Voy bien. No preocuparse. Mucha calor, pero disfrutando. Y echa su vista hacia atrás, buscando la mirada del Rescatado. Su Señor. Nos lanza un beso furtivo y sigue su camino hacia la Catedral, no sin antes darnos un montón de estampas y caramelos.

Elegante en su andar viene Jesús Rescatado. Nos buscamos con la mirada. La encuentro. Tranquilidad y sosiego encuentro en mi alma. Más nazarenos. Más cera para la bola. Y de pronto, la Amargura. Abrazos con nuestro amigo Álvaro Pérez. Como va disfrutando, qué jodio el tío. Un nuevo abrazo. Entre la marcha los perdemos.

Casi sin darnos tiempo a hablar… capirote verdes Esperanza. Olé ahí. Sus niños rebosan alegría. ¡Me encanta! Reconozco que me encanta ver a los niños disfrutando de sus hermandades como antaño yo hice. – ¡mami, el Señor de papá!, dice mi hija. Viene dando alegría el Señor de los gitanos. Ese con su cuerpo de bronce que esculpiera Cerrillo. Móvil en mano, aunque no me guste, para llevarle un trocito a mi marido que trabaja. Ole ahí, si señor. ¡Qué cuadrilla! Saludo a las mantillas. Busco a Olga con la mirada. Una mirada cómplice sin hablar. Sigo siendo yo, la niña del barrio. La que os escuchaba a ti y a mi madre en los tiempos más difíciles para las mantillas. Sigo siendo yo, esa niña. Y más niños, más nazarenos. Y de pronto, la alegría hecha Hermandad. Viene la más flamenca, la que ronea en cada paso que da. Besos y abrazos con Morales, con Montero…y tantos otros que en cualquier momento de mi vida estuvieron ahí. Una levantá de categoría. Y ahí se va, como vino, roneando con la brisa.

Descansito. Merienda. Y un momento de charla antes de ver acercarse al Huerto. ¡Qué Hermandad! Cada año me gusta más. ¡Qué manera de andar! Huerto y Amarrao. A mi hija le gusta más el Señor que ora, pero espera con impaciencia a la Candelaria. Ahí vienen sus amigas rocieras, Candela y Rocío. ¡Qué mayores ya? ¡Qué orgullo! Nada más vernos nuestras estampitas. Besos a Rocío madre y un saludo rápido, el palio viene andando. Alberto e Ismael. Bubu nos ve y con su pícara sonrisa intenta hacer rabiar a mi hija, pero al final consigue su beso y a cambio otra estampa y ya su sonrisa buena. Una mirada cómplice de las nuestras en época de Junta y se aleja orgulloso de su Hermandad vestido de negro.

Bueno, venga, vamos a tomar algo y buscamos al Cerro, que se va haciendo tarde y luego tengo que coger el coche.

Sale de Carrera Oficial El Amor. Capirotes negros se dirigen a su barrio. Inma me ve, nos reímos, la felicito. Más estampitas. Se aleja el Silencio, el Amor y llega la de Niña de los Ojos Verdes. Con Ella sus niñas. ¡Qué bien van! Las bambalinas susurran al aire su alegría. Delante, de negro, pregonan la alegría de tener cerca a la Madre de Dios. Un año más, Carlos capitanea esos corazones de madres, hijas, esposas…, que saben en su cerviz a la que encarnó al mismo Dios.

Y me despierto. Entra el sol por mi ventana. Pero vuelvo a cerrar los ojos para volver a soñar.

Suscríbete

Introduce tu correo electrónico para recibir todas las novedades. 


Powered by WordPress Popup

Color de fondo
Redimensionar imagen