A las claritas del día fue la luz eterna e indescriptible de la Piedad de la Madre de Dios, la que se abrió paso entre los rescoldos de la penumbra para precipitarse e el corazón del Barrio de San Lorenzo, el mismo que la busca y la encuentra en su hogar salesiano cada vez que precisa de su amparo, cada vez que el desasosiego de la realidad que asola nuestra cotidianidad condena a la desolación de saberse prendido por el odio y el rechazo de aquellos que un día fueron de los nuestros y hoy se empeñan en demostrar cuánto les separa de nuestro caminar, claudicando entre el engaño más terriblemente impregnado en el imaginario colectivo y la venganza de aquellos que antaño parecieron navegar en nuestra cercanía.
Por las calles de su Barrio, la Virgen fue derramando su aroma inconfundible, fragancia de divinidad, para los fieles y devotos que quisieron bañarse en sus pupilas. Y nuestro compañero, Antonio Poyato, quiso acudir a su llamada, para ser fiel testigo de una nueva ocasión, en la que la presencia de la Madre de Dios, convirtió en paraíso, un rinconcito de Córdoba.





