​La Pura y Limpia fue trasladada al Monasterio de la Encarnación

“La Virgen lleva zarcillos”, comentaba una de las vendedoras de romero que hay en el entorno de la Catedral. Y respondiendo con un: “Es que Ella es gitana”, se aproximaba otra de ellas hasta las pequeñas andas para dejar un ramito de romero cuando la Inmaculada del Postigo se paraba frente a la Puerta del Príncipe. La portaban mujeres, que habían recogido el testigo metros antes a los varones, quienes desde su capilla la habían llevado sobre sus hombros.

Las nubes fueron dispersándose a medida que la imagen transitaba por la Plaza del Triunfo. Un sol de justicia para un traslado que no entiende de modas y que sigue siendo íntimo a pesar de discurrir por los grandes espacios que rodean al primer templo de la ciudad. Cuando llegaba a la Plaza Virgen de los Reyes el sol convertía en silueta una devoción que se reflejaba en los espejitos de la cruz alzada. 

Eran las doce y media. La Inmaculada se aproximaba al Monasterio de la Encarnación. Allí celebrará sus cultos, custodiada por las hermanas agustinas. Antes, la Pura y Limpia se encontraba con la efigie de San Juan Pablo II y el sol volvía a sacarle los colores así como las últimas restauraciones están devolviendo el esplendor perdido a la Giralda. Continuarán las obras en la torre, el vaivén de los turistas, el trasiego de los cocheros cerca del viejo Corral de los Olmos, pero no decaerá la devoción ni la defensa de un dogma defendido durante siglos.

A la una menos cuarto las novicias recibían a la Virgen del Postigo. Las campanas anunciaban los cuartos y las puertas se cerraban. Comenzaban entonces a tañer las del cenobio. El azul de la Inmaculada se había anticipado nuevamente. Diciembre ya llegó.