Lo siento. Hoy no voy a hablarles de cofradías. Ni de iglesia. Ni de nada que huela ni remotamente a incienso. Lo siento, de verdad, no puedo. Y lamento profundamente tener que hablarles de este asunto. Pero hoy voy a abrirles mi corazón de par en par. He de confesarles que he llorado. He llorado mucho leyendo, envuelto en la impotencia más terrible e inmisericorde que he sentido en mi vida, como unos padres han ejercido la más despreciable, inhumana y abominable tortura imaginable a su pequeño. A un niño de 9 años. Puede que mi sentimiento se multiplique por el hecho de mi hijo tiene 8 y medio, y que, a cada línea del terrible suceso prolongado durante años por estos dos hijos de puta, no haya podido evitar imaginar la carita de mi niño, que es lo que más quiero en el mundo y que las lágrimas nublen mi mirada impidiéndome casi escribir en este preciso instante.
No me hablen de problemas mentales, ni de reinserción, ni de nada que no sea el dolor infinito que ese pequeño inocente ha sufrido durante años por culpa de estos subhumanos abominables que debían protegerle y le han entregado a otros hijos de puta, para que lo violen y abusen de él, del modo más terrible que se pueda imaginar. Porque siento rabia, asco y dolor en lo más profundo de mi alma, pero sobre todo rabia. Rabia porque haya quien siga pensando que hay algo que justifica algo así. En el colmo de la imbecilidad, habrá quien pensará que solamente es posible que una madre haya hecho algo así si no es porque estaba amenazada y maltratada por su marido. Y yo les digo que me importa un carajo si así fuera. Quien sea padre o madre y anteponga su propia seguridad a la del su hijo, su niño pequeño, es un hijo de puta que no merece vivir. Y me tiene absolutamente sin cuidado que me tachen de retrógrado, de fascista o de cualquier otra imbecilidad que utilizan los de siempre, para insultar a quienes pensamos que hay cosas que pasan porque el mundo está lleno de cerdos asesinos, de gentuza terrible, de perfectos animales para los que la vida de quienes les rodean no vale absolutamente nada. Y a fin de cuentas, el niño, el ser más indefenso que existe, no le importa a nadie, como a nadie importan lo miles de abortos que se producen cada año, porque importan mucho más los adultos que pueden tomar decisiones y deciden matar, o hasta los animales que se ponen una y otra vez por encima del vida humana.
Ha ocurrido en Alemania, pero podría haber ocurrido en su misma calle, en la casa de al lado. Y la noticia no ha sido difundida con la misma profusión que tantas otras en las que la víctima es una mujer o un cura uno de los responsables, o, en el extremo de la estulticia en la que nos hallamos envueltos, las que versan sobre esos pecados tan graves que tienen que ver con el miserable dinero. Nadie hizo nada durante años. Nadie. Ni en el barrio, ni en el colegio, ni en la familia. Nadie. Y varios fueron los malnacidos que abusaron de un niño indefenso, al parecer incluso un español, mientras los hijos de puta que cambiaron abrazos y besos por dinero, se lucraban con el dolor más terrible que se pueda llegar a sentir, ser sometido a las más terribles torturas entregada, regalado, vendido, por aquellos que debían haberle arropado, contado un cuento, abrazado y besado. Ahora, que escribo lo que escribo envuelto en lágrimas de rabia, tristeza y desesperación, no me hablen de enfermedad ni de reinserción e imaginen, aunque sólo sea durante un maldito instante, que el niño fue devuelto a su universo de tortura por una sinvergüenza vestida de juez a la que le deseo exactamente lo mismo que a los padres y a quienes abusaron del pequeño. Imaginen esa carita, ese terror, esas lágrimas, ese dolor y ese desamparo, y luego díganme a la cara que la cadena perpetua o algo mucho más definitivo, no es democrática, ni progresista, ni humana. Díganmelo, si tienen cojones.
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