La historia de las cofradías se nutre de pequeños detalles que configuran el rosario maravilloso de componentes de la memoria, que se erigen en sólidos pilares sobre los que se construye la realidad en la que ahora nos desenvolvemos. Una memoria que se materializa en la sabiduría latente de nombres esenciales sin cuya presencia el devenir de los acontecimientos hubiese concebido una Semana Santa irremediablemente diferente.
Así ha ocurrido con el maravilloso e intransferible universo el costal y la trabajadera que, en la ciudad de Córdoba, ha bebido de fuentes muy concretas, de presencias insustituibles, que son el origen de todo cuanto ahora conocemos y que algunos parecen no querer recordar. Rafael Muñoz, Ignacio Torronteras, Rafael Sáez.. leyendas de nuestra Semana Santa y fuentes inagotables de aquella sabiduría primigenia, de aquel venero de ilusiones y sueños por construir del que nutrieron muchos otros que contribuyeron a crear de la nada todo un mundo de fantasía.
Uno de estos personajes irrepetibles continúa, cuarenta años después, derramando gotas de su maestría en virtud del arte que emana de tres golpes de llamador. Y es que hablar de Lorenzo de Juan es hablar de la historia viva del mundo del costal y el llamador en la ciudad de Córdoba. Un capataz con mayúsculas, un referente y un maestro para muchos, que ha desarrollado toda una vida al mando del martillo para mayor gloria de la Semana Santa de Córdoba. Una de esas figuras fundamentales e insustituibles sin cuya herencia la Córdoba Cofrade sería muy diferente y cuya esencia perdurará en la memoria colectiva de generaciones enteras.
Lorenzo de Juan comenzó su andadura como capataz en el lejano 1978, que se dice pronto, guiando a la Virgen del Socorro, tras una dilatada experiencia bajo las trabajaderas del Sepulcro, la Reina de los Mártires y la Paz y Esperanza con Rafael Muñoz, de la Buena Muerte con Ignacio Torronteras o de la Candelaria con Rafael Saez donde aprendió a ser los pies de Dios y de su Madre de los mejores maestros posibles. En continuo aprendizaje fue alimentando su sabiduría bebiendo de las fuentes del saber de hombres como ellos a quienes siempre consideró sus maestros. Capataz de cuadrillas inolvidables como las de la Sentencia, la Reina de los Ángeles, la Entrada Triunfal, la Virgen de la Victoria o la de las Lágrimas y hasta hace unos meses de la Reina de los Mártires, cuando fue elegido por la corporación de la Madrugá para hacerse cargo del martillo del Cristo de la Buena Muerte.
Hoy, transcurridas cuatro décadas del comienzo de esta impresionante andadura, Lorenzo de Juan se ha convertido en una figura mítica para los hombres de abajo, y se cuentan por cientos aquellos que de un modo u otro, forman parte de su herencia imperecedera, la que trasciende al inexorable paso del tiempo, y permanecerá para siempre inscrita con letras de oro en la memoria colectiva de la Córdoba Cofrade.





