Muchas son las ocasiones en las que el cristiano y el cofrade tiene la oportunidad de encontrarse cara a cara con quien ocupa un lugar de privilegio en sus oraciones. Pero no siempre uno tiene la posibilidad de reflejarse en el rostro de la Madre de Dios de una manera íntima, personal. Oportunidades que solamente se presentan muy de cuando en cuando.
Es entonces cuando el creyente puede precipitar, desde la sinceridad de sus sentimientos, el caudal inagotable que bebe de la fuente de la fe imperecedera, y derramar sus emociones ante la mismísima mirada de la Virgen María, y hablar con ella muy bajito para contarle sus secretos que solamente se desvelan en esos instantes de intimidad.
Sensaciones como las que ha experimentado nuestro compañero Antonio Poyato ante la dolorosa del Señor de la Ciudad, preparada para protagonizar el Triduo que su hermandad consagra en su honor y que culminará con el rosario vespertino de este sábado. Un sentimiento a flor de piel que queda patente a través de su crónica gráfica.











