En alguna ocasión precedente hemos retrocedido en el tiempo para evocar, aunque solo fuera por un momento, aquellos remotos tiempos en los que la Hermandad de la Misericordia era arropada por las gentes del añejo barrio de la Magdalena a su regreso tras la tradicional estación de penitencia del Miércoles Santo. Un regreso que se producía “allá en la alta madrugada, entre un cortejo de saetas y de aplausos”, hecho que “constituía un espectáculo inolvidable. Todo el barrio esperaba a las imágenes por las que ya sentía devoción, en la bella plaza y calles afluentes”.
Conociendo los antecedentes y primeros años de vida de la cofradía conocida como el Silencio Blanco en la Córdoba cofrade, casi resulta inevitable – una tentación podría decirse – imaginarse a la hoy corporación de San Pedro en el marco de la primitiva Parroquia de la Magdalena, cuya antigüedad parece envolver con ese halo de extraño magnetismo no solo los muros de la iglesia sino también sus jardines y calles aledañas.
En ese mismo escenario y como no podía ser de otra forma, sería donde la corporación encabezada por el recordado Francisco Melguizo volvería, tras encontrar años atrás al olvidado “Cristo del Sagrario”, para reparar en esta ocasión en la talla de una bella dolorosa con la que se encargaría de recuperar para sí otra antigua devoción, incorporándola al culto y a la salida procesional en el año 1950, perpetuando la historia de la conocida como Hermandad del Santo Rosario de los Dolores de Nuestra Señora, erigida en 1772 también procedente de la Iglesia de la Magdalena, concretamente de la Capilla de los Dolores o “Capilla de los Armentas” – situada en el evangelio, donde aún se conserva la hornacina que debió albergar la imagen – pues esta había sido fundada en un lejano año de 1413 por Rodrigo Alfonso de Armenta.

Y así, tras la enorme impresión que la Virgen de las Lágrimas – en otro tiempo conocida como de los Dolores Chicos – produjo en el impulso de la Misericordia tras contemplarla durante unos instantes, luciendo aquel rostrillo negro que tanto hizo resaltar la belleza de la dolorosa, el anhelo de incorporar a la cofradía una titular mariana no se hizo esperar más. De este modo y después de ver frustrados sus intentos allá por el año 1939, el de 1950 traería consigo la adhesión de la Santísima Virgen a la hermandad, tomando para ello su nueva advocación. Fue en ese mismo año en el que el crucificado volviese a salir de la Iglesia de San Pedro, por primera vez en compañía de la dolorosa.
Precisamente de esos primeros años de Nuestra Señora de las Lágrimas en el seno de la Hermandad de la Misericordia data la fotografía que encabeza este artículo, posiblemente realizada en la noche del Miércoles Santo de 1952 ya de regreso a su templo, como cabe deducir por los visiblemente consumidos cirios que alumbraban el camino del paso de palio la dolorosa de la cofradía. En ella, llaman poderosamente la atención el interior de las características bambalinas de color malva que, a la luz de la instantánea, parecen revelar una labor de bordado aún incompleta. Asimismo, cabría destacar igualmente el llamativo detalle del escaso exorno floral además de otros detalles como la corona que en aquellos días lucía la Virgen de las Lágrimas o los curiosos varales, considerablemente más finos que los actuales, realizados por los Hermanos Lama de Córdoba en metal dorado y estrenados en 1993 y sobre los que hace unos días la corporación se complacía al anunciar su reciente restauración.
Tan solo un par de años más tarde desde que presumiblemente fuese tomada la instantánea anterior tuvo lugar la coronación de Nuestra Señora de las Lágrimas en su Desamparo. Así, el acto de imposición de la popular y excepcional pieza patrimonial corrió a cargo del memorable Fray Albino González y Menéndez-Reigada – entonces obispo de la Diócesis – en una celebración que transcurrió en la Parroquia de San Pedro el día 11 de abril, coincidiendo con el Domingo de Ramos de la correspondiente Semana Santa, “del Año Santo Mariano de 1954”, tal y como reza en la estampa realizada con motivo de dicho evento. En ella, resulta especialmente curioso el modo con el que había sido ataviada la Santísima Virgen, con un tocado de encajes que cubría el cuello de la entrañable dolorosa y luciendo una gran cantidad de joyas sobre el pecherín.





