Parecía verano. Un tiempo poco propicio para esta época del año. Goterones de sudor y el suave aliento de la fumarada que exportaban los incensarios cubre la piel de los fieles. El fino velo de la exquisitez y las notas de una música eterna camuflada en el décimo mes del año hicieron los placeres de un domingo en las lomas de la vieja ciudad de las minas.
El azul pavo real amparando aquella tez tan dulce y morena de una Virgen nacarada no se me quita de la cabeza ni por un instante. Una presea de plata sobre su cabeza y el tiempo detenido bajo las naves de la vieja Basílica que domina las alturas de la ciudad. La Virgen de Linarejos pone sus pies en la calle y el gentío acude a la llamada.
Suenan las notas de la Marcha Real y el camino comienza a lo largo de una recta infinita hacia su Santuario. Posando en el hombro de su cuerpo de horquilleros toma el centro de la ciudad y se escuchan los suspiros. Intento no mirar hacia otro lado que no sea al frente, pero es imposible. Tan solo observar las caras de los allí presentes, el poema hecho petalada al son de una marcha me aniquila el corazón.
Es tiempo de Ella. A la sombra de extensos árboles y pintorescas farolas encara su Paseo, aquel que la vio, por vez primera, coronada. Miro hacia tras y se atisba un rosario infinito de promesas y deseos. La devoción aflora y el gentío ahoga las notas de la vieja banda sinfónica. Linares sueña con ella y cae la noche. Entre la penumbra de los últimos metros, el resplandor de la candelería alumbra su mirada. No se percibe otra cosa, solo Ella. Símbolo eterno de esta ciudad.
Encara su puerta y suena su himno. -Madre hemos vuelto-. Suspiros eternos claman por Ella, se acabó su visita. Otro año más. Linarejos Coronada tu pueblo te espera.





