Con este título de una canción que hacia las delicias en mis años de distotecas -he de decir que nunca me prodigue mucho en ellas ni de ellas-, se podría resumir lo vivido en mi taberna en estos últimos días. No ha pasado ni una semana, pero me han parecido meses, y a algunos se les han caído como agua entre las manos las ilusiones y el trabajo de años.
50 palabras bastaron quizá para que tanto Don Carlos, Don Jesús y Don Horacio, dieran carpetazo a una etapa de sus vidas al mando tanto del Palio de Santiago, como el Misterio de Puerta Nueva, además, consecutivamente, en orden temporal.
No le pondré yo una sola palabra de valoración, ni dos ni tres. A veces pedimos dimisiones necesarias, pero no las obtenemos. La sinrazón puede más que el orgullo o el amor al poder, en este caso, el ansiado martillo para algunos. He aquí dos casos, y ya van unos pocos este año, miren en Buen Fin y Resucitado, por poner un ejemplo.
Sobre esto, mis tertulianos tenían claro que algunos, saltaron del barco cinco minutos antes de que los empujasen, porque lo de la no continuidad al timón de otro, no estaba ni decidida ni clara, quizá más bien al contrario.
Sabrán mis parroquianos más que yo en estos temas, que seguramente sí, pero sigo alabando que cada uno vea cuando su labor ha concluido. Sus motivos tendrán para ello. Será el tiempo el que dé o quite razones, y este lo hace sin palabra alguna, con hechos irrefutables y latentes que observaremos pasados los años.
60 palabras podrían dedicarse a que otros capataces que aún no han sido expuestos en la plaza mayor para su linchamiento, cuando ellos mismos están dando la razón ofreciéndose a Cofradías del mismo día. O eso comentaba otro parroquiano, muy pero que muy puesto en este tema. Es penoso, pero ni es la primera vez que ocurre, ni precisamente con esta persona. Por lo cual, de 60 palabras, prefiero no dedicar ni una sola.
Pero donde harían falta más de 100 palabras, 100 programas en feroces televisiones locales, tipo lobby, entre prensa escrita, radio, y entendidos de la nada y fartuscos del todo, como en Sevilla están viviendo, para explicar lo sucedido esta semana en la calle Isaac Peral.
Braman, y con razón, algunos Hermanos Mayores que incluso, no pudiendo ir, mandaron a alguien en su lugar para la votación, por la de puñales por la espalda entre unos y otros, rencillas personales que decantan decisiones grupales, importantísimas, un Delegado Diocesano al que ni le va ni le viene, y un Obispo, que de no mediar palabra, la máxima mandataria de todo este tinglado, al que cada día sacamos más de lo religioso, debería replantearse el porqué de estos votos en contra, el porqué nueve hermandades ni asisten a la votación, y cómo va a ser ahora el futuro. Ya les digo yo, que complicado cuando poco.
Ocho meses quedan para las elecciones a la Agrupación de Cofradías. Casi un embarazo en el que ya uno al menos mueve hilos en la sombra. Un títere para algunos, que les aseguro se les volverá en contra, como ya le pasó a algún mecenas venido a menos. Para cerrar la taberna, y no abrirla hasta después de feria, vamos.
Me quedo tarareando aquello que decía la canción que pone título hoy a este rato en mi taberna, «Ahora solo quedan las fotos de las paredes y hay que repartir los muebles. Ahora solo queda que el camión de la mudanza venga y lo haga sin tardar».
Las rupturas, cambios de aire, idas y venidas en todos los ámbitos cofrades nunca han sido malas del todo, y más, como en mi caso, si más de una vez he echado el cerrojo por no tener gente buena de verdad en mi casa. Decía el refrán que dime con quién gobiernas, y te diré por qué no van las cosas adelante. O algo así era…, mi mente, ya cansada de tanto fregado arriba y abajo me tiene fatigado.
La semana que viene seguirán las idas y venidas, pero por favor, háganlo también a mi taberna, que yo siempre, aquí les espero.





