Cruz de guía | El fenómeno de los Heraldos y las Cabalgatas

Que los españoles somos de tendencias eso es innegable. La mayoría de las personas se mueven por modas y nuestra afección hacia las festividades desata nuestro yo interior más despeinado. En el caso de Andalucía y provincias anexas a la comunidad sureña los cortejos, procesiones, desfiles y un largo etcétera causan sensación ya sean protagonizados por Reyes Magos, Pajes, Heraldos, Imágenes Sagradas, militares… La idiosincrasia de nuestra sociedad tiende a ensalzar hasta el más mínimo acontecimiento con tal de pasar un buen rato viendo nazarenos transitar, personajes infantiles o soldados de infantería, convirtiendo en un fenómeno social esparcido por los cuatro puntos cardinales todo lo que nos pasa por la mente y sea digno de alabar.

«Hay que ver lo que nos gusta un desfile», decían.

Así pues, en estos días lo que toca ya sabemos qué es. Tras un inicio fulgurante de año, es turno para Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente y todo lo que conlleva la festividad de la Epifanía y lo que precede a la misma. La venida del Heraldo Real es uno de esos acontecimientos que han terminado por extenderse a lo largo y ancho de nuestra tierra en forma de bando anunciador y avanzadilla de lo que será la posterior Cabalgata de Reyes Magos.

Desde que la idea surgiera, como la conocemos hoy en día, a finales del siglo pasado de la mente de Antonio Hermosilla Molina, presidente del Ateneo de Sevilla, por la cual la figura del emisario real debía pedirle las llaves de la ciudad al alcalde de la misma, las diferentes ciudades y pueblos más importantes de nuestra tierra han adquirido esta tradición de realizar un recorrido por el entramado urbano para recoger las cartas de los niños y presentar la misiva real emitida por Sus Majestades tal y como defiende la etimología de la palabra «Heraldo»; «portador de un mensaje».

Sin embargo, el fenómeno ha sido tan aclamado que hasta los barrios de la capital hispalense y de otras ciudades han integrado dicho acontecimiento convirtiéndolo en un fenómeno de masas y en un bonito recuerdo predecesor a la noche más mágica del año.

El caso de la Cabalgata viene a ser muy similar al anterior. Los cortejos reales que encarnan, en este tiempo, temáticas de toda índole, han optado por esparcirse por los barrios de las grandes ciudades, renunciando así a la de celebrar una única Cabalgata conjunta y representativa de toda la ciudad. Pedanías, barriadas y distritos confeccionan y adaptan su propio cortejo real para defender a capa y espada y divulgar hasta todos los rincones una tradición más que consolidada.

No obstante, ambos fenómenos, Heraldo y Cabalgata, como viene escribiéndose en las sagradas escrituras de lo cotidiano, han sufrido una multiplicación sin precedentes hasta rozar el atiborramiento y edificar la idea hasta en el seno de nuestras hermandades y cofradías. Cortejos por allí y por allá han terminado por saturar calles y plazas, entornos y entramados hasta conducir a la locura a sus habitantes por ver a sus Majestades por aquí y por allá desde muchas jornadas antes al cinco de enero.

Y es que nuestra idiosincrasia bebe directamente de los excesos. Todo es susceptible de ser estrujado hasta la saturación en las mentes que se encargan de organizar las agendas de actos y acontecimientos de la Navidad. No sólo los excesos son fruto de comidas copiosas, también las Cabalgatas y los Heraldos han optado por contribuir al desenfreno de estos días y dejar un bonito recuerdo en las mentes de pequeños y mayores.

Por mí que no quede. Que la ilusión blanda vuestros corazones.

¡Feliz año!