Si la Semana Santa más lluviosa de los últimos tiempos nos ha traído agua a raudales -no hay más que ver cómo están los pantanos o la cercana Cañada del Rosal, cuya tierra estaba cuarteada antes del Domingo de Ramos-, no menos destacable ha sido el descenso de los residuos en el centro de la capital. Porque la feria, que está a la vuelta de la esquina, es la celebración del extrarradio, mientras que la Semana Santa es la que nutre de historia el corazón de la ciudad.
Es, por tanto, la fiesta por excelencia de Sevilla -o celebración para los más conservadores-. Sin embargo, cada vez parece más cercano el momento en el que ambas acaben solapándose. O incluso con el fútbol. El ejemplo lo hemos vivido esta noche. O, mejor dicho, lo llevamos soportando desde hace días. No hay celebración que no vaya acompañada de alcohol. Por eso, en esta ciudad tan cívica, durante la Madrugada nos chapan los bares para que no se monte un circo -con todos mis respetos a quienes se dedican al maravilloso espectáculo circense-.
El alcohol y las malas formas acaban por inundarlo todo. Y también la suciedad. Los diarios intentan evitar las imágenes de los palcos o de la calle Sierpes hasta arriba de basura. Porque no son capaces, quienes allí tiran las bolsas, de llevarlas siquiera hasta una papelera. Nos llevamos las manos a la cabeza con las imágenes de Sevilla durante estos días, pero en Semana Santa se nos quedan los alrededores de la catedral para enmarcar.
Entonces no salen los del golpecito en el pecho ni los que buscan la peguita. Tampoco los señores del puro o los que tienen paraísos fiscales en el exterior. Estos últimos prefieren centrarse en hablar de Pablo Iglesias que, dicho sea de paso, ¿alguien se acuerda ya de él?
Pretendemos echar balones fuera, culpas al extranjero, pero ¿de dónde eran quienes se cargaron la cruz del Ayuntamiento? ¿Y la de la plaza de Santa Marta? ¿Lugar de procedencia de las jóvenes de despedida de soltera que acudieron a ver la cofradía de la Soledad de San Lorenzo? ¿Y quiénes silbaron en la Alfalfa al paso de la cofradía de San Benito? ¿O los que corrieron -que no fueron tantos como se dicen- cuando se enteraron de que el primero de los pasos de La Trinidad iba a entrar en silencio en la basílica de María Auxiliadora? ¿De dónde provienen los de las pintadas en la puerta de la capilla de los Panaderos?
Mientras tanto, basura en cada esquina, calles llenas de orines de animales, naranjos preñados de su fruto, de los que tienes que apartarte si no quieres acabar en el hospital, y extranjeros, eso sí, que se ponen a hacer botellón en las mismas gradas de la catedral y los cuerpos de seguridad ni aparecen. ¿Que si esto no lo ha hecho un sevillano ya? A mí no me consta, pero, como en casi todo, parece ser cuestión de tiempo si no se remedian pronto estos males que nos acechan.





