El Cirio | Fiesta de la unidad

Después de unos meses de descanso y reflexión, volvemos a subirnos a nuestro estrado de oradores. Mañana Domingo, celebramos la solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, más conocida como Corpus Christi. Fue instituida por el Papa Urbano IV, en el siglo XIII, con la finalidad de destacar de modo festivo el sacramento de la Eucaristía, gran don que Jesucristo nos dejó como memorial perpetuo de su muerte y resurrección, misterio pascual en el que selló con nosotros la alianza nueva y eterna de su amor incondicional.

El recuerdo de lo que Dios ha hecho por nosotros es fundamental en la vida cristiana porque alimenta nuestra fe, suscita en nosotros la alegría y nos sostiene en los momentos de dificultad con la certeza de que no estamos solos y que Dios no nos olvida. Lamentablemente, como hace unos años dijo el Papa Francisco, en el frenesí en el que se suele vivir en este sigo XXI casi no hay tiempo para recordar y la memoria se debilita cada vez más. “Así, eliminando los recuerdos y viviendo el instante, se corre el riesgo de vivir en lo superficial, en la moda del momento, sin ir al fondo, sin esa dimensión que nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos. Entonces la vida exterior se fragmenta y la interior se vuelve inerte”. 

Por eso es tan importante que en la Iglesia no sólo no perdamos de vista las grandes fiestas que tenemos a lo largo del año litúrgico, sino que, al igual que debemos hacer con la Misa, las celebremos de modo adecuado porque ellas nos recuerdan que somos parte del pueblo santo de Dios, nos mantienen unidos a nuestras raíces que están en la Santísima Trinidad y en aquellas generaciones que nos han precedido en la fe, fortalecen nuestra identidad católica y, con ello, nuestra fidelidad al Evangelio.

La celebración del Corpus Christi nos recuerda que el Señor está siempre con su Iglesia y que la Eucaristía es, por excelencia, el “sacramento de la caridad” porque en ella se manifiesta el amor infinito de Dios que llevó a Jesús a dar su vida por nosotros. La Eucaristía es sacramento de amor recibido, pero no recibido en soledad ni para acapararlo y retenerlo cada uno para sí, sino amor recibido en comunidad y para ser donado a los demás. En este sentido, es también “sacramento de unidad” que nos hace presente que la Iglesia no es una suma de individuos, ni mucho menos individuos aislados, sino que como el pan que recibimos es uno, “nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo ya que todos comemos del mismo pan”.

Celebrar la Eucaristía hace posible que se dé la comunión al interior de la Iglesia e impulsa a sus miembros a dar la vida por los demás anunciando el Evangelio, ayudando a quien lo necesita y compartiendo nuestros bienes con los más desafortunados. Como dijo el Papa Benedicto XVI: “Al tomar a Cristo como alimento en la Eucaristía y acogiendo en nuestro corazón su Espíritu Santo, nos transformamos realmente en el Cuerpo de Cristo que hemos recibido, estamos verdaderamente en comunión con Él y entre nosotros, y nos transformamos en verdaderos instrumentos suyos, dando testimonio de Él en el mundo”.