El viejo costal | La persistente inexistente lluvia del Domingo de Ramos

Escribo estas líneas en la nublada mañana del Lunes Santo, con el sabroso regusto en la mente de lo visto en la tarde del Domingo de Ramos, llovió un poco durante mi café habitual de las tardes, miraba desde el interior de la Taberna del Seis en Lucano, como pasaban corriendo por los entreclaros de sus esmerilados escaparates paraguas con prisas, paraguas que hacen que se me ericen los pelos, maldita lluvia, pensaba repasando lo que creía iba a ser un día de lágrimas jóvenes ante puertas cerradas, y llena de determinaciones más o menos acertadas de juntas de agua, de las que agradezco no haber formado parte ninguna de las veces que he sido miembro de Junta de Gobierno.

Enredaba con mi móvil y todas las aplicaciones del tiempo y radares que consultaban afirmaban mi peor previsión de una desalentadora tarde, y seguían cayendo gotas de agua en las aceras y seguía creyendo que caerían lagrimas casi al mismo ritmo, al poco dejó de llover, y me comentaron que todas las previstas para este Domingo de Ramos, bueno todas la de la tarde, habían solicitado esa cortesía de la media hora, miraba de nuevo mi móvil y las previsiones eran nefastas, agua a las diecinueve horas, y siguientes. El cielo de Córdoba parecía decir lo contrario, cosa que lo confirmaba el Cristo de las Penas de Santiago, y la Concepción, ambos repetían impertérritos su peculiar y tradicional estilo, girando en la Plaza del Potro en busca de la rivera de nuestro amado Guadalquivir, que sobrado de agua seguía bendiciendo a su valle, y se distanciaba lentamente acercándose en silencio a la vecina Sevilla.

Dirigí mis pasos, sin mirar el suelo, y no dejando de mirar al cielo, para acercarme a las sillas y esperar a ver que nos deparaba esta tarde de Domingo de Ramos, que parecía por su aspecto que se iba a asimilar a la mañana, el cielo con un intenso azul, parecía bendecir a las calles cordobesas, a pesar de lo contrario que decían las malditas aplicaciones del tiempo, así pude, tímidamente disfrutar del resto de hermandades, me dejó marcado como lo hace siempre nuestro Rescatado, con una impronta de majestuosidad y serenidad derramada que impregna a más duro corazón, Amargura, destacada como siempre por su magnífico andar, comparable al mejor bordado en oro que por nuestras calles podamos disfrutar, obra de una soberbia y soberana cuadrilla, dirigida con magistral y humilde sabiduría.

Veracruz dueño de la ingravidez, María Santísima del Dulce Nombre, dulzura inmensa, que hasta tu nombre invade, Señora de San José, Señora del Espíritu Santo, corazón vivo de la Plaza de Santa Teresa, y el cielo ya abierto inundado de un celeste de Inmaculada, confirma el error de lo cantado desagradablemente en mi móvil, a esta hora y a su paso, lo apagué, lo deje olvidado en el fondo del bolsillo de mi chaqueta, y me volví concentrado a disfrutar de mi Domingo de Ramos, al menos de lo que aún me quedaba.

Las Penas de San Andrés Apóstol, me dejó recuerdos de aquellos primeros cambios, escuché a su paso la voz del manijero que pedía desde la oscuridad del pozo de la gualdrapa, los distintos cambios, alegrando la vista al público que su paso siempre congrega. Noté mucho más “tímida” a la Esperanza, la noté demasiado solemne, cuando de siempre la recuerdo con un andar más alegre, más vivo, más de Señorita de San Andrés, por decirlo de alguna manera, más gitana, ustedes ya saben lo que quiero decir, andares de bambalinas batiendo al aire, de brillo rutilante de su candelería batiendo sus llamas al mismo tiempo que las bambalinas resuenan sobre la cumbre de sus cimbreantes varales, cosas de antes, que este año he echado de menos, quizás cosas mías.

El Silencio, el Amor, y Encarnación, sabor de barrio, añejo regusto a los siempre soñado, Silencio, que ahí viene, faena inmensa de un humilde capataz, todo corazón y toda entrega, sentimientos del que sabe, que aprendió el oficio con otro grande, obedeciendo se aprende a mandar, y este hombre sabe de las dos cosas, de obedecer y de mandar, nunca lo dejes ahí, Pedro, siempre hay una meta más.

Amor, que por ser pequeño, siempre en Amor eres el más grande, sobran las palabras, al igual que te sobra la calle, propietario del más noble sentimiento, motor del mundo y de los que contigo estamos, viene detrás su Bendita Madre, con andares de Señora, dueña de su barrio, rodeada de corazones que rompieron tradiciones, y abrieron paso a las mujeres a los cerrados claustros de paredes de tela, reservados en esas fechas a solo hombres, siendo ellas las primeras, y su titular manifiesta afirmación de que todo lo que se pide Dios te lo presta, andando con costero alegre la pierdo de vista al pasar por la Puerta del Perdón, dejándome con ganas de más.

Ahora llega el Huerto, sus titulares también miran al cielo, uno orando, pidiendo al Padre que aparte este cáliz, otro sometido, espera amarrado a la columna su inmerecido castigo, seguidos de cerca por María Santísima de la Candelaria, aquí el fuego de su cera, quema los ojos que se cruzan con los suyos, expresión serena del dolor de una madre, puñal clavado en su pecho, que cuando a mí me mira, destroza el mío, ¿Qué tiene el fuego de tu mirada para que seas Reina de la Candelaria?, te sobra la candelería, que con tu mirada basta, y así se retira, con el mismo paso con que llegó, muy similar al de la Palma, que vi en la mañana de este Domingo de Ramos.

Ahora debería preguntar a la Agrupación de Cofradías de Córdoba, ¿ustedes donde miran lo del tiempo? Ya que ha sido todo un acierto, a pesar de lo que dicen las erróneas aplicaciones, creo que debe de ser porque mi móvil es de los baratos, o quizás, por no mirar yo al cielo, y a la tierra, en lugar de mirar a la pantalla del móvil, perdiéndome lo que ante mis ojos pasa.