Una joya napolitana en el corazón de Córdoba: la enigmática historia de María Santísima Nazarena
En el vasto y reverente universo de la Semana Santa cordobesa, existen imágenes que acaparan la atención por su popularidad masiva, y otras que, pese a su incuestionable valor estético y simbólico, permanecen sumidas en un discreto anonimato. Tal es el caso de María Santísima Nazarena, titular de la piadosa Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno, con sede en la histórica Iglesia Hospital de Jesús Nazareno. Esta dolorosa de rasgos conmovedores, mirada desgarradora y expresión profundamente compungida, no solo constituye una de las esculturas más expresivas del panorama devocional cordobés, sino que se erige como un nexo artístico y espiritual entre la imaginería napolitana y la sensibilidad andaluza, en particular la cordobesa.
Se trata de una imagen mariana de autoría anónima, fechada en el siglo XVII, cuya procedencia ha sido vinculada —aunque sin respaldo documental concluyente— a los talleres napolitanos. Esta talla es considerada una de las creaciones con mayor relevancia artística e histórica dentro del patrimonio escultórico de Córdoba. Su rostro, de delicado tono pálido y expresión profundamente conmovedora, eleva la mirada al cielo con una intensidad casi mística. Los ojos, grandes y abiertos, refuerzan la carga dramática de la imagen, transmitiendo un patetismo que no deja indiferente al espectador.
La cuenta de divulgación patrimonial “Córdoba Olvidada”, un espacio en Instagram consagrado a la recuperación y difusión del legado histórico-artístico de la ciudad, ha lanzado recientemente una reveladora tesis que podría reescribir los orígenes de esta venerada efigie mariana. Según sus pormenorizadas investigaciones, existen similitudes notables y reveladoras entre la Nazarena y la Madonna Addolorata venerada en la iglesia de San Agustín, en el pintoresco municipio italiano de Veroli, enclavado en la región del Lacio, a escasa distancia de Roma.
El vínculo entre ambas imágenes se sustenta en un documento histórico fechado en 1817, en el que se detalla el encargo realizado por los hermanos de la Pia Unione dell’Addolorata, quienes solicitaron una nueva estatua de la Virgen Dolorosa, “fatta lavorare in Napoli di altezza palmi sette Romani della valuta di circa 22,17 scudi”. La especificación de su ejecución en Nápoles y la descripción formal, junto con su marcado patetismo expresivo, invitan a una lectura comparativa que “Córdoba Olvidada” interpreta como determinante: las coincidencias morfológicas, la teatralidad del gesto, la disposición de las manos y la composición facial de ambas tallas son casi idénticas.
Las divergencias, no obstante, se hallan en el ámbito de lo ornamental: mientras que la Addolorata italiana presenta una larga peluca oscura casi descubierta, la Nazarena cordobesa adopta una indumentaria más suntuosa y recargada, propia del gusto barroco andaluz, incluyendo lágrimas postizas y otros elementos que subrayan su intensidad emocional. Esta transformación estética local no hace sino reforzar la hipótesis de una matriz escultórica común, posteriormente adaptada a los cánones regionales.

Lejos de ser una mera coincidencia formal, esta sorprendente conexión trasnacional reabre un importante capítulo en el estudio de la imaginería religiosa ibérica. Durante décadas, la autoría de la Nazarena fue atribuida erróneamente a escultores españoles como Blas Molner o Alonso Gómez de Sandoval. Sin embargo, ya en 2005, el portal especializado La Hornacina planteó una alternativa más convincente: la imagen sería obra de un escultor napolitano activo en el siglo XVIII, influenciado por los modelos sevillanos y probablemente afincado en Córdoba o Sevilla.
A la luz de esta nueva interpretación, la figura de María Santísima Nazarena se alza no solo como una escultura de extraordinaria belleza y devoción, sino también como un testimonio material de los flujos artísticos entre Italia y Andalucía. Es una pieza que, pese a haber permanecido durante décadas en la penumbra del anonimato, podría ocupar un lugar preeminente en la historia del arte sacro español, como símbolo de esa hermandad estética y espiritual entre dos tradiciones profundamente católicas.
Así, la Nazarena, silente en su hornacina, se revela como una de las joyas más exquisitas y enigmáticas de la Semana Santa cordobesa. Una imagen que no solo convoca a la contemplación espiritual, sino que exige una relectura histórica y artística que le devuelva el lugar que legítimamente le corresponde.










