En el sagrado universo de la Semana Santa hispalense, pocas obras alcanzan la trascendencia estética, simbólica y devocional del paso procesional de Nuestro Padre Jesús de la Pasión. Esta pieza, nacida del genio artístico de Cayetano González y cincelada con la minuciosidad de un orfebre alquímico, constituye no sólo una joya indiscutible de la imaginería religiosa del siglo XX, sino también un monumento perdurable a la fe de todo un pueblo.
Su actual configuración fue concebida en 1943, en los albores de una Sevilla que aún cicatrizaba heridas y ansiaba la restauración de su esplendor cofrade. Fue entonces cuando González Gómez, a quien con justicia se le ha denominado el “mago del punzón y del cincel”, acometió la magna tarea de devolver al Señor de Pasión un trono a la altura de su historia y dignidad. Con una visión profundamente integradora de los elementos simbólicos y formales, el artista concibió una obra suntuosa, donde la madera dorada, el marfil y más de doscientos kilogramos de plata se amalgaman en un discurso estético de singular magnificencia.

La historia de esta pieza está marcada por la pérdida. El anterior paso, diseñado por Pedro Domínguez y culminado entre 1903 y 1908 por Manuel Gutiérrez, sucumbió a las llamas la fatídica noche del 18 de agosto de 1940, en un incendio que asoló los almacenes de la Intendencia de Sanidad en la calle Lope de Vega. Tras este siniestro, la hermandad vivió episodios de improvisación y solidaridad: en 1941, el Señor procesionó en unas parihuelas portadas por nazarenos; y en 1942, fue la Hermandad del Amor quien cedió su paso para que la imagen pudiera alcanzar la Catedral.
Con la aparición del nuevo paso en la Semana Santa de 1943, aunque aún incompleto, la ciudad fue testigo del resurgir de una obra que, tres años más tarde, en 1946, se mostraría en todo su esplendor. Su contemplación provocó una admiración unánime, convirtiéndose desde entonces en paradigma absoluto de la orfebrería procesional sevillana.
El discurso iconográfico del paso fue sabiamente articulado por los sacerdotes don José María Bandarán y don Valentín Gómez, quienes concibieron un programa teológico y artístico de gran profundidad. Cuatro capillas, ubicadas en los centros de cada flanco del canasto, representan escenas de alta carga simbólica: el Triunfo de la Eucaristía, la Virgen de la Merced como Mater Misericordiae, la Transfiguración del Señor y la Exaltación de la Santa Cruz. A ellas se suman cartelas en relieve que ilustran escenas cardinales de la Pasión: la Flagelación, el Calvario, la Calle de la Amargura y el Santo Entierro. En las esquinas, se yerguen con solemnidad las figuras de San Miguel, San Rafael, San Gabriel y el Ángel Custodio, configurando un conjunto de ángeles tutelares que custodian el camino del Redentor.
Los faroles esquineros, de sección octogonal y cinco luces, actúan como centinelas de la luz sacra que emana del paso. Los respiraderos, concluidos en 1949, son auténticos retablos horizontales donde la plata y la madera dorada dialogan con relieves policromados de los doce Apóstoles. En el frontal, destaca el escudo de la ciudad; en la trasera, el de la Archicofradía; y en los laterales, las efigies de las Santas Justa y Rufina y de la Virgen de los Reyes, proclamando el arraigo sevillano de la devoción pasionista.
El paso ha sido objeto de una meticulosa restauración acometida entre los años 2000 y 2004, con motivo del deterioro sufrido por el paso del tiempo. Bajo la dirección técnica de los Hermanos Delgado y la supervisión del mayordomo Enrique González Martínez, la orfebrería fue cuidadosamente renovada, el dorado revivido por Francisco Javier González Montero y la talla reintegrada por Francisco Enrique Guzmán Lora. El resultado fue una resurrección artística que devolvió al paso su brillo originario, y que pudo contemplarse en todo su esplendor en el Santo Entierro Grande.
Hoy, el paso de Nuestro Padre Jesús de la Pasión no es solo una obra maestra de arte sacro; es un testimonio imperecedero de la resiliencia devocional, una sinfonía visual de orfebrería y teología, y una pieza absolutamente imprescindible para comprender la identidad estética y espiritual de la Semana Santa de Sevilla. En su dorado resplandece la memoria viva de una ciudad que ha sabido transformar el dolor en belleza, y la fe en arte.





