La crónica | Un clamor de amor eterno

Esta noche, la Real Iglesia de San Pablo se ha vestido de cielo para acoger uno de esos momentos que quedan grabados en la memoria y en el corazón. Araceli Rodríguez Yebra, rociera de vida entera, se ha convertido en la voz de Córdoba ante la Blanca Paloma, en un pregón que ha sido pura emoción desbordada. Un pregón con gran profundidad cristiana y rociera.

Desde los primeros instantes, invocó al Espíritu Santo, buscando su soplo de amor para guiar sus palabras. Nombró a sus amigos, esos que la Virgen puso en su senda, cómplices de vida y fe, compañeros de un mismo latir bajo el mismo manto. Y con una humildad sobrecogedora confesó: «Del Rocío está todo dicho, no voy a inventar nada», para lanzarse entonces a describir a la Virgen, Madre y pilar esencial de la Iglesia, primera discípula, espejo y amparo de los corazones sencillos.

Habló con la Virgen como habla una hija con su Madre, confiándole sus faltas, sus debilidades, sus sueños. Y en esa intimidad, todos nos sentimos también abrazados.

Córdoba entera vibró cuando evocó nuestra tierra de fundación y prodigios, nuestros Patrimonios de la Humanidad, y nos condujo a abril de 1930, cuando Antonio Cañero sembró la semilla de una Hermandad que sigue creciendo a la sombra de María.

Para llegar al Rocío, Araceli nos hizo caminar hacia atrás en el calendario, pasando por el Adviento, la Cuaresma, la Semana Santa… para llegar, por fin, a ese Pentecostés que estalla como un canto nuevo de vida.

Entre versos sentidos, pintó la historia de nuestra Hermandad, de Santa Marta a los tiempos de dos carretas, de sedes distintas, hasta proclamar que en los caminos, el cordobés es el primero en corazón y en fe.

Y entonces se desbordó el alma al narrar el Camino, con los toques del tamboril —diana, ángelus—, las oraciones compartidas, el convento de las Hermanas de la Cruz, Coria, las Eucaristías bajo los pinos de la Puebla… lágrimas en el Río Quema, «donde los rocieros lloran a sus abuelos», y la agonía bendita de los pasos en la Raya, donde miras a la carreta y encuentras fuerza en Ella.

Hasta llegar, por fin, a la Aldea soñada. Córdoba vuelve a estar allí, latiendo bajo las estrellas, soñando caminos que existen porque el amor los ha tejido. Un camino de promesa, de fe y de vida, donde sólo nos pide la Virgen ser buenos cristianos.

En la aldea todo gira en torno a Ella. La presentación, descrita como un desfile de fe, marca el inicio de una romería que no se mide en kilómetros, sino en corazones.

La Pontifical despierta el alma en la mañana de Pentecostés, preludio del rosario de luz y oración, en una noche donde el cielo se acerca a la tierra.

«Hasta que no llegue nuestro pueblo, la reja no abre», cuenta Araceli con voz quebrada, narrando cómo el Niño de la Virgen se pierde entre el fervor de sus hijos.

Con un talento emocionado, Araceli cantó esplendorosa la sevillana de los Marismeños, arrancando uno de los aplausos más grandes de la noche, justo cuando el nuevo Rocío comienza a nacer.

El Pastorcito le confiesa a su Madre que echa de menos el bullicio y Ella le serena el alma: «Mientras exista un rociero y una Hermandad, nunca faltarán unos vivas y un Rocío».

Araceli nos dejó en el corazón el eco de las bienaventuranzas rocieras: bienaventurados los rocieros que viven el Rocío todos los días del año, bienaventurados quienes llevan la Marisma en el alma, quienes entienden que el Rocío no es una fecha, sino una forma de amar a Dios.

Los rocieros nunca vuelven, porque el verdadero destino no es Almonte, es el Cielo de María, donde Ella nos guiará hasta la Casa del Padre.

Y entre lágrimas, vítores y un aplauso que estremeció las bóvedas de San Pablo, Araceli terminó dándole las gracias a la Virgen, arrancando una ovación que parecía brotar del mismo cielo.

Araceli Rodríguez Yebra, con su corazón abierto en canal, nos regaló esta noche un pedazo de eternidad, un Rocío sin fecha, una promesa de amor que ya nunca se apagará.