El alma de Córdoba peregrina hacia el Rocío de la mano de Raúl Muñoz

Un cartel que trasciende el arte

Hace apenas unos instantes, en el corazón palpitante de Córdoba, en la Real Iglesia de San Pablo, se ha desvelado un latido hecho arte: el cartel anunciador del Rocío de Córdoba 2025. Una obra que no es solo imagen, sino susurro de fe, ofrenda de amor, clamor del alma de un pueblo entero que peregrina con la mirada hacia su Blanca Paloma.

Raúl Muñoz: un joven talento cordobés

El autor de esta joya es el joven cordobés Raúl Muñoz Gallardo, que, con apenas veinticuatro años, demuestra que el arte cuando nace del corazón no entiende de edades. Formado en la Escuela de Arte Mateo Inurria y en la Universidad de Sevilla, Raúl recoge con su pincel toda la herencia devocional de Córdoba y la entrega, en un gesto casi litúrgico, a los pies de la Virgen.

Un altar visual dedicado a la Virgen del Rocío

El cartel, de grandes dimensiones (100×150 cm), ha sido ejecutado con grafito, lápiz pastel, lápiz polícromo, acrílico, rotulador acrílico y acuarela sobre papel montado en tabla. Es más que una pintura: es un altar simbólico, un monumento de amor que une a la ciudad de Córdoba con la Santísima Virgen del Rocío. La inspiración bebe de los históricos carteles primaverales dedicados a Nuestra Señora de la Salud a comienzos del siglo XX, recuperando la estructura clásica de imagen superior y faldoncillo inferior.

La Virgen del Rocío: una Reina coronada de Córdoba

En la cúspide de la escena, iluminando todo el conjunto, aparece Nuestra Señora del Rocío, majestuosa, vestida con ornamentos que traen ecos de las más veneradas devociones cordobesas: las flores tembladeras y el broche de luna de la Virgen de los Dolores, el panagión de la Virgen de la Paz y Esperanza, el broche de flor de lis de la Estrella, el broche del Espíritu Santo de la Virgen de la Encarnación y la Cruz del Rastro, donada amorosamente por una familia de la Hermandad. Su mano sostiene un cetro que una vez ciñó la Virgen del Carmen de San Cayetano, mientras su rostro sereno y directo abraza a todo aquel que la contempla.

Cartel Hermandad del Rocío de Córdoba | Raúl Muñoz

Simbolismo profundo y devoción palpable

La Virgen luce ráfagas de punta de martillo, la saya de los Montpensier y una corona de coronación que la presenta como Reina absoluta de la ciudad. Se adivinan en su saya unas enaguas blancas, memoria viva de aquella sevillana que canta “Como es tan alta”. Despojada de flores, como homenaje al genio sobrio de Julio Romero de Torres, la imagen transmite una pureza ancestral.

Se posa sobre una peana de plata creada por Damián de Castro, inspirada en el arca eucarística de la Catedral, mientras a su alrededor vuelan una paloma —símbolo del Espíritu Santo— y dos ángeles abrazados, testigos mudos de su gloria.

San Rafael y Santa Victoria: guardianes del camino

A su derecha, San Rafael, Custodio de Córdoba, aparece joven, asexuado, sujetando en su mano izquierda un cacho, pez del Guadalquivir, y en su derecha el estandarte primitivo de la Hermandad. Señala hacia el horizonte, hacia la tierra prometida de Almonte, mientras una paloma blanca vuela siguiendo su gesto. A sus pies, tres velas encendidas evocan la llama inextinguible de la fe cordobesa.

A la izquierda, Santa Victoria, patrona, mártir y ejemplo, contempla a la Virgen con un amor que parece desbordarse de sus propios ojos. La acompaña la urna de los Santos Mártires, que se remata con la imagen de la Fuensanta, en un guiño de raíces profundas. Junto a ellos, los faroles del Cristo de los Faroles sirven de silencioso marco, elevando aún más el carácter sacro de la escena.

El pueblo de Córdoba y su fe inquebrantable

Bajo el altar que sostienen sus pies, ramitas de romero —símbolo de pureza, bendición y protección— alfombran el suelo, como lo haría el pueblo humilde en una romería sin fin. El primer escalón recoge la historia de la Hermandad a través de azulejos que narran sus sedes: San Pablo, San Basilio, Santa Marta, Capuchinos, San Pedro Alcántara, culminando con el escudo de San Juan Pablo II.

En el segundo peldaño, la mujer morena de Córdoba —símbolo eterno pintado por Julio Romero de Torres— se inclina, reverente, y ofrece una guitarra a la Virgen: Córdoba, con su cante, su llanto y su esperanza, a los pies de su Reina. A su lado, una niña deposita una ramita de romero, sencillo gesto que encierra el milagro de la fe transmitida de generación en generación.

El diálogo eterno entre pintura y palabra

Y como colofón de esta conversación entre la pintura y la vida, Julio Romero de Torres y Antonio Gala se contemplan y dialogan, reflexionando, soñando, inmortalizando con palabra y pincel la emoción de un pueblo entero que camina hacia su Rocío.

Un cartel que define a Córdoba

El faldoncillo inferior, de color amarillo albero, recoge en su centro el escudo de Córdoba, tomado de la Fuente de la Piedra Escrita. Sobre él, en letras blancas, late el título que resume tanto amor: «Rocío de Córdoba».

Hoy, Córdoba no solo ha presentado un cartel. Hoy Córdoba ha entregado su alma. Y lo ha hecho arrodillándose ante su Virgen del Rocío, proclamando con lágrimas de emoción que su camino, su esperanza, su sueño eterno, lleva por nombre Rocío.