Enfoque | Sevilla no merece esta humillación

Hace tan sólo unos días hemos sido testigos de cómo los cofrades hemos sido tratados como delincuentes en nuestra propia ciudad. En Semana Santa, vallas, controles, calles aforadas, registros, como si los sevillanos, ávidos de pasos, túnicas y cirios, fuéramos amenazas. Nos enclaustraron tras mil obstáculos y trataron como a ganado, a quienes mantenemos viva la fe, el arte y la tradición de Sevilla, una ciudad con siglos de historia que no merece lo que ha sufrido hoy.

Pero este sábado de ignominia todo cambió. Con la excusa de la final de la Copa del Rey, Sevilla se convirtió en un estercolero. Piaras disfrazadas con camisetas de fútbol, borracheras desatadas, agresiones, vandalismo, payasos trepando farolas en plena Plaza de San Francisco, cánticos grotescos, insultos a sevillanos de bien. Y la respuesta fue la dejadez y la cobardía. Alguna carga aislada, apenas anecdótica, mientras nuestra ciudad se deshacía en la indignidad.

Señor José Luis Sanz, alcalde de Sevilla: los sevillanos no queremos más finales de Copa del Rey en nuestra ciudad. Que la Federación y sus hordas de cabestros se vayan a otro sitio. Aquí no son bienvenidos. No queremos bajo nuestro cielo a gentuza que pita nuestro himno, insulta a España y pisotea nuestra dignidad. No lo toleramos ni lo perdonamos.

Hoy, como sevillana, como cofrade, como ciudadana que ama a su tierra, siento una vergüenza profunda. Vergüenza de ver a Sevilla criminalizando a sus propios hijos, mientras abre las puertas al incivismo, la grosería y la violencia de quienes ni conocen ni respetan lo que somos. Vergüenza de ver cómo Sevilla se traiciona a sí misma y a su gente en aras de una falsa hospitalidad que sólo ha traído bochorno y degradación.

Sevilla no olvida. Sevilla no perdona. Y los sevillanos de verdad tampoco. Sevilla merece respeto, no ser humillada para engordar taquillas y alimentar egos ajenos. El mismo respeto que exigimos como sevillanos cuando la ciudad se inunda de fe por obra y gracia de sus cofradias.