La crónica | Francisco Triviño alza a Córdoba en un canto de fe, amor y gloria

El Palacio de Congresos de Córdoba se ha convertido este domingo en un templo de emoción desbordada, donde Francisco Triviño ha pronunciado el Pregón de las Glorias con un corazón abierto de par en par, dejando una huella indeleble en los asistentes.

Antes de que comenzara el esperado pregón, la música tejió el ambiente de recogimiento y fiesta. La Banda de Música de la Esperanza interpretó piezas de hondura y significado: Fernando III el Santo, Blanco y Oro de José María Fayos Cornejo —cantada por hermanos de la Hermandad del Rocío—, Coronación del Socorro de Abel Moreno, y el Himno de Araceli. Con cada nota, el recinto se preparaba para acoger un momento irrepetible.

Fue después, tras la presentación del cartel de las glorias realizado por Antoine Cas, cuando José Romero Coleto, actual párroco de la parroquia de Belén, tomó la palabra para presentar al pregonero, felicitando a todos con un emocionado «Feliz Domingo de la Misericordia». Con una pincelada de alegría cristiana y una breve biografía, cedió el atril a quien ya es parte de la historia viva de las Glorias de Córdoba.

Francisco Triviño, hermano de las hermandades de la Sentencia, Rocío, Estrella, Angustias y Expiración, médico de vocación y cofrade de corazón, comenzó su pregón a corazón abierto, con una poderosa pregunta: «¿Dónde está el Resucitado?» Y él mismo nos llevó a encontrarlo:
«En el viento de la sierra, en la niña enamorada, en el canto del hogar, en el llanto de la guerra, en la paz del justo… Ábrete, soy la vida a tu vera». Un estremecedor aplauso estalló en la sala, presagio de la intensidad que marcaría todo el discurso.

El pregón fue un verdadero canto coral, en el que la voz de todos los cordobeses se alzó en oración a través de la suya. Triviño supo mezclar fe, poesía y sentimientos con maestría, en un discurso cargado de humildad, sinceridad, vibrante emoción y sentido profundo.

Con versos llenos de lirismo, proclamó: «El Rocío no es algo para describir, sino para vivir y sentir. De lunes Santo a Lunes de Pentecostés, María siempre está presente». La emoción se desbordó en varios momentos, especialmente al dedicar sus palabras a su devoción esencial: la Virgen del Rocío, donde su voz se quebró y su mirada se llenó de lágrimas. «Rocío, quiero sentirte, Señora, dentro del corazón mío».

Los aplausos y ovaciones interrumpieron varias veces su intervención, signo de un auditorio conmovido, entregado a cada palabra.

Muy emocionado, dedicó un momento de especial ternura a sus hijas, Ángela y Carmen, y a su familia: «El primer abrazo de la vida, cuna de valores, taller de esperanza. Vosotras sois mi inspiración». Un momento íntimo que arrancó una ovación de las que nacen de lo más hondo del alma.

Su pregón fue también un recorrido fervoroso por la Córdoba mariana: Fuensanta, Socorro, Carmen, Tránsito, Villaviciosa, Divina Pastora, Araceli, Fátima, Cabeza, Linares… cada nombre, un poema; cada devoción, un latido de amor a la ciudad.

Hablando de la devoción carmelita, evocó con fuerza el papel de la mujer en la fe: «Carmen es nombre de mujer sencilla y entregada… de mujer fuerte, valiente, que avanza y sostiene».

No olvidó ensalzar a San Rafael, eterno protector de Córdoba: «Faro de luz y custodia eterna. Príncipe en bondad. Vigía de esta tierra que pronuncia tu nombre como escudo».

Dedicó bellas palabras a las hermandades de gloria, como guardianas de un legado que es fe, historia y caridad viva, y recordó la importancia de su trabajo en el Hospital Universitario Reina Sofía, al que llamó «sagrario vivo donde se celebra el amor al prójimo». Allí, compartió un estremecedor poema sobre un niño y su hermana trasplantada, que arrancó un aplauso vibrante y emocionado.

Triviño supo también llevarnos al Pentecostés, fuego que renueva y transforma, espíritu que arde en el pecho de quien ama: «El Espíritu Santo es el fuego que no se ve, pero transforma… Es el día que nacimos como Iglesia viva».

El final fue un homenaje sentido a sus amigos, a su hermandad de vida y fe, con palabras entrelazadas con versos de Aurelio Verde, evocando el «Camino de vuelta» de los Romeros de la Puebla, uniendo en su corazón Córdoba y Huelva, su amor rociero.

Y en el colofón, entre vivas emocionados, entregó su último ruego: «Todo, Señora, lo pongo a tus pies…» cerrando con una sentida Salve a la Virgen del Rocío, tomada prestada del mítico grupo almonteño Requiebros, con letra de Antonio Gallardo, pidiendo que, si algún día se pierde, Ella sea quien le lleve de nuevo al camino.

Esta luminosa mañana de primavera, Francisco Triviño no ha pronunciado un pregón; ha elevado una oración viva, a Córdoba y al cielo. Su voz ha sido la voz de todos. Y su fe, una llama que, sin duda, seguirá iluminando los corazones de quienes hoy le escucharon.