Era la comidilla en las puertas del Palacio de Congresos, donde hacía apenas unos minutos había concluido el magnífico pregón de las Glorias pronunciado por Paco Triviño, que no solo fue premiado con una ovación atronadora dentro, sino también a pie de calle, como los héroes de verdad. La frase más repetida entre los asistentes era sencilla y lapidaria: «Así, sí», seguida de esa otra que caía como guillotina sobre las cabezas pensantes: «No era tan difícil: elegir a alguien que sepa lo que somos y que sepa transmitirlo».
Claro que, en Córdoba, donde el comentario fino se sirve con inmediatez, pronto salieron a relucir inevitables comparaciones. Porque todavía andaban muchos digiriendo el pregón de Semana Santa de Santiago Muñoz Machado, esa delicatessen literaria que algunos aún intentan comprender armados de diccionario, calendario juliano y guía eclesiástica.
Mientras Triviño abría en canal su alma y nos regalaba versos como puñales de emoción y ternura, Machado desplegaba sobre el escenario del Gran Teatro un apasionante inventario de datos históricos que dejó a más de uno debatiéndose entre la fe… y la siesta.
«El Rocío no se describe, se siente», clamaba hoy Triviño, mientras Córdoba entera contenía la respiración. Entretanto, semanas atrás, a Muñoz Machado solo le faltó citarnos los porcentajes de humedad de la tarde del Domingo de Ramos de 1237. Porque ya se sabe: para emocionarse no hay nada como una buena fecha medieval y una mención al Concilio de Trento.
Francisco Triviño nos hablaba de su fe, de su familia, de sus hijas, de ese latido común que hace de Córdoba un templo vivo. Muñoz Machado, en cambio, nos hablaba de Córdoba, sí… pero como podría habernos hablado de Bizancio o de las rutas comerciales del Imperio Carolingio, si se tercia. O de «Juan de la Mesa«, insigne imaginero…
Así que hoy, tras escuchar a Triviño, la ciudad no tenía dudas: se puede pregonar con el alma. Y no, no hacía falta ser jurista, académico ni experto en eclesiología bizantina. Bastaba con saber rezar con palabras sencillas, de esas que no necesitan pie de página ni índice analítico.
La diferencia no podía ser más abismal: Triviño hablaba con el corazón; Machado, con la cronología en la boca. El primero levantó del asiento a un público entregado. El segundo…, levantó más de una ceja y alguna que otra pestaña a punto de caer.
Así, en una Córdoba que sabe de emociones auténticas, el contraste entre uno y otro resultó tan elocuente que parecía escrito por el mejor de los humoristas: un médico que sana almas frente a un académico que curaba el insomnio. En definitiva, dos pregones para la historia: uno de Gloria y otro… de penitencia.
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