Salvador Dorado y la preservación de la fe en tiempos oscuros
A lo largo de la historia, se han producido irremediables pérdidas en el ámbito religioso, tanto en términos de arte como de devoción, donde las imágenes de gran valor artístico y sentimental desaparecieron, dejando vacíos irreparables en los corazones de miles de fieles. La década de 1930, especialmente marcada por los conflictos políticos y sociales, supuso la destrucción de un número significativo de imágenes religiosas, las cuales no solo representaban una gran riqueza estética, sino que albergaban en su interior los sueños, las esperanzas y las creencias de los devotos. En este contexto, la trágica pérdida de muchos de estos iconos de la religiosidad popular refleja un dolor profundo que no solo afecta a los historiadores del arte, sino, sobre todo, a aquellos cuya fe estaba vinculada a estas obras de arte. Sin embargo, en el caso de la Hermandad del Cachorro, un episodio de heroicidad y valentía impidió lo que podría haber sido su fatal destino en dos ocasiones a lo largo del siglo XX.
El episodio del 18 de julio de 1936: salvación en medio de la barbarie
La historia que hoy relatamos tiene como protagonista a Salvador Dorado, conocido en el mundo cofradiero como «El Penitente», quien desempeñó un papel crucial en la conservación de una de las imágenes más veneradas de Sevilla, el Cristo de la Expiración, o como comúnmente se le conoce, El Cachorro, tallado por el afamado escultor Francisco Ruiz Gijón. Aquel 18 de julio de 1936, Sevilla se encontraba inmersa en una profunda convulsión social tras el levantamiento del Ejército de Marruecos contra la República, lo que desató un proceso de violencia ciega y destrucción irracional. La ciudad fue testigo de una serie de ataques devastadores contra iglesias y conventos, cuyos saqueos e incendios redujeron a escombros algunas de las imágenes más emblemáticas del patrimonio religioso sevillano.

Cuando la turba revolucionaria se dirigió hacia la Capilla del Patrocinio en la calle Castilla, uno de los barrios más emblemáticos de Triana, la situación parecía irreversible. La misma violencia que había arrasado con otras iglesias estaba a punto de alcanzar la capilla donde se veneraba al Cachorro, símbolo de devoción y de la identidad trianera. Sin embargo, en ese preciso momento, la figura de Salvador Dorado irrumpió como un faro de esperanza. Siendo un hombre ateo y republicano, y armado con una escopeta, Dorado logró detener el avance de la turba a través de un discurso cargado de determinación y firmeza, apelando a la cordura en medio del caos. Su intervención, aparentemente simple, resultó ser la clave para que El Cachorro y sus titulares pudieran salvarse de la destrucción inminente. En ese mismo acto, Dorado no solo preservó una imagen, sino que también garantizó la permanencia de un símbolo de fe profundamente arraigado en la identidad de Triana.
El destino del capataz y su legado
El tiempo, que habitualmente es implacable con los hombres, se encargó de situar a Salvador Dorado en el lugar que le corresponde en la historia de las cofradías sevillanas. A lo largo de su vida, Dorado se convirtió en una de las figuras más destacadas en el mundo de los capataces, con un legado que trascendió el ámbito de su intervención en el Cachorro. Nacido en Triana, Dorado comenzó su carrera como costalero a la temprana edad de quince años, destacándose en pasos como La Cena o el Baratillo, sin pertenecer a una hermandad en particular. Su carrera sufrió un giro drástico en 1943, tras un trágico accidente contra un tranvía mientras trabajaba bajo el palio de María Santísima de la O. Este evento le llevó a dejar el costal y a dar el siguiente paso en su carrera: convertirse en capataz.
En el transcurso de los años, Salvador Dorado fue el encargado de dirigir numerosas cuadrillas y de coordinar la salida de múltiples cofradías en la Semana Santa sevillana. Fue el responsable de dirigir, en una misma Semana Santa, hasta 11 pasos diferentes, desde la Sed, que procesionaba el Viernes de Dolores, hasta el Santo Entierro de Dos Hermanas. Su legado no solo quedó en el plano organizativo, sino también en el formativo, pues fue mentor y profesor de muchos capataces que hoy son leyendas, como Antonio y Manolo Santiago.
La tragedia de 1973
No obstante, el Cachorro no estuvo libre de nuevos riesgos. En 1973, la Capilla del Patrocinio sufrió un devastador incendio, que destruyó la primera imagen de la Virgen del Patrocinio, aunque afortunadamente el Cristo de la Expiración sobrevivió. El 26 de febrero de 1973 se tornó en una fecha trágica para el barrio de Triana, cuando la Hermandad del Cachorro se aprestaba a celebrar los cultos cuaresmales en honor a sus sagrados titulares. En el interior de su capilla, al término de la calle Castilla, se había dispuesto un imponente altar de Quinario presidido por el Santísimo Cristo de la Expiración, soberbia escultura de Ruiz Gijón, y la venerada dolorosa del Patrocinio, atribuida al círculo de Cristóbal Ramos, cuya devoción se mantenía desde 1921. Aquel día, a las 15:25 horas, mientras el templo permanecía cerrado, dos trabajadores —Juan Jesús Gómez de Terreros y Manuel López Román— que regresaban a sus hogares en automóvil, detectaron con inquietud un denso humo que emergía por las ventanas.
Tras alertar con premura del suceso, y mientras Paco Herrera del Pueyo, entonces presidente de la Juventud, y su compañero Joaquín Rodríguez Noguera buscaban sin éxito las llaves de acceso, un joven empleado del polvero que se encontraba justo frente al edificio tomó una decisión desesperada: escaló hasta el balcón, fracturó los cristales y se introdujo entre las llamas. Este acto temerario fue protagonizado por Rafael Blanco Guillén, oriundo de Alcalá de Guadaíra, quien —arriesgando su integridad— logró abrirse paso hasta el altar mayor, desplazando los candeleros encendidos y arrojando el agua contenida en un jarrón sobre las piernas del Crucificado, en un intento por detener la propagación del fuego, cuyas lenguas abrasadoras alcanzaban ya el techo.
Desafortunadamente, la intercesión resultó estéril para salvar a la Virgen, que se hallaba totalmente consumida. Una vez abiertas las puertas del templo y con la intervención de dos dotaciones de bomberos, junto al perito Juan Gómez y el capataz Manuel Cárdenas, el siniestro fue finalmente extinguido. El impacto entre vecinos y hermanos fue desgarrador al comprobarse no solo los estragos en la talla del Cristo y la pérdida definitiva de la imagen mariana, sino también los severos daños sufridos por otros bienes patrimoniales, entre ellos unas esculturas de San Isidoro y San Leandro del siglo XVI, un Arcángel vinculado a La Roldana, la corona sobredorada de la dolorosa, su saya de tisú de plata con bordados en hojilla de oro y varios fragmentos de los respiraderos del paso de palio.
Salvador Dorado: un nombre que merece perdurar
Hoy en día, la figura de Salvador Dorado se erige como un verdadero héroe popular y un ejemplo de entrega y valor en un momento crítico de la historia de Triana y de Sevilla. Su contribución a la preservación de uno de los tesoros más venerados de la ciudad es incuestionable, y su figura debe ser recordada y honrada de manera acorde a la importancia de su intervención. Es por ello que la petición de una calle que lleve su nombre no solo es un acto de justicia, sino también un reconocimiento a su legado, que trasciende la historia de las cofradías sevillanas para convertirse en una parte integral de la historia de la ciudad y de su fe.
El Cachorro nunca morirá, porque gracias a hombres como Salvador Dorado, que supieron hacer frente a las adversidades, la tradición y la devoción perdurarán eternamente.





