A paso mudá. Así caminan hoy nuestras procesiones de gloria. Con dignidad, con devoción, con la fe intacta… pero con las calles vacías. Lo que antaño era bullicio de barrio, niños correteando entre nardos y mujeres mayores asomadas al balcón con la saya planchada y la medalla en el pecho, es hoy un paisaje donde reina el silencio, y no precisamente el que nace del recogimiento.
Hay procesiones que apenas encuentran quien las mire, quien las siga, quien las rece. Salen porque hay quien las saca, pero no porque haya quien las espere. Y eso duele. Porque detrás de cada paso de gloria hay una historia sencilla, cotidiana, muchas veces más auténtica y cercana que el oropel de los grandes días de primavera.
No se trata de hacer comparaciones —todas las devociones son legítimas y hermosas—, pero sí de plantearnos qué está pasando. ¿Por qué hemos convertido la religiosidad popular en un espectáculo estacional? ¿Por qué nos volcamos con pasión en los días grandes y olvidamos los pequeños? ¿Qué nos dice de nosotros mismos esta fe que se enciende con luces de Viernes Santo pero se apaga el resto del año?
La respuesta es incómoda: nos hemos acostumbrado a consumir la fe como se consume un evento. Y la gloria no es viral, no es tendencia, no sale en los telediarios ni mueve masas. La gloria es barrio, es mes de mayo, es humildad. Y eso, hoy, no vende.
Pero la culpa no es solo del público que no acude. También nosotros, los que seguimos saliendo, tenemos tarea. Nos toca repensar nuestras formas, abrir nuestras casas, compartir lo que somos. No basta con salir por costumbre: hay que salir con sentido, con mensaje, con verdad.
Porque si las calles están vacías, no es solo que falte gente. Es que algo falla en la transmisión. Y si no logramos emocionar, si no logramos interpelar, si no logramos que al menos alguien se pregunte qué hacemos ahí… entonces no es solo que la gloria quede sola: es que corre el riesgo de volverse invisible.
Y no lo merece. No lo merecen los que cargan, los que montan, los que ensayan sin focos ni fanfarrias. No lo merecen los que ponen su alma en cada rezo sin esperar aplausos. Y, sobre todo, no lo merece Aquel o Aquella que va sobre el paso, repartiendo gracia como quien siembra esperanza en mitad del abandono.
Es hora de preguntarnos qué clase de Iglesia queremos ser: una de grandes citas o una de presencia constante. Porque si la gloria queda sola… tal vez no sea ella la que se haya ido. Tal vez seamos nosotros los que hemos dejado de caminar con ella.
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