Por mucho que duela decirlo, hay veces que en ciertas trincheras no luchan por la Virgen, sino contra quienes la custodian. El fallecimiento de María Rodríguez Ruiz, esposa del hermano mayor de la Hermandad de la Macarena, ha dejado al descubierto una verdad incómoda: ni siquiera la enfermedad, el luto o el dolor humano consiguen detener el hostigamiento de quienes han hecho de la venganza y el resentimiento su principal credo. María, una mujer discreta, de fe serena y profunda, llevaba años batallando contra la enfermedad. Su muerte ha golpeado el corazón de una familia que ha vivido en la intimidad los sacrificios y silencios que a menudo acompañan la carga de una responsabilidad institucional. Porque su marido, José Antonio Fernández Cabrero, no solo es un cofrade con una larga trayectoria de servicio, sino también alguien que ha soportado en los últimos años un acoso constante por parte de sectores que, escudándose en la defensa de la Virgen, han alimentado una campaña insaciable de desgaste personal y moral por el mero hecho de no haberle podido ganar en las urnas y tratarse de una persona incómoda para el ranciocofradesevillita común, que sigue oliendo a alcanfor y varón dandy y ciertos medios de comunicación que han cargado con saña contra él porque no han podido controlarle como a otros, por más que ahora reculen miserablemente.
¿Dónde está la humanidad cuando se banaliza el sufrimiento ajeno para mantener encendida una hoguera de resentimientos? ¿Dónde queda la devoción cuando se convierte a la Santísima Virgen en excusa para arremeter, no por desacuerdos legítimos, sino por odios enquistados? En pleno proceso de reflexión ante un Cabildo Extraordinario para abordar la restauración de la imagen de Nuestra Señora de la Esperanza, algunos han optado por encender la mecha con proclamas que apelan, no a la prudencia o al respeto, sino a un enfrentamiento total. Mensajes de quienes aseguran hablar en “nombre de Ella”, cargados de dramatismo, han circulado como banderas de batalla. Y sin embargo, la figura de la Virgen es precisamente lo contrario a un campo de guerra: es el refugio común, el puente entre los hermanos, no el arma que se arroja. Se agita la bandera del “NO es NO” con tono apocalíptico, se dramatiza con frases de una teatralidad insultante, y se disfraza de defensa lo que es, en realidad, una operación política perfectamente orquestada para deslegitimar una Junta de Gobierno a la que jamás se le ha perdonado ganar unas elecciones.
Quienes hoy claman que “la Esperanza no se toca” olvidan —o fingen olvidar— que la intervención de la imagen ya ocurrió, que salió mal por una concatenación de errores y decisiones desacertadas, pero que lo fundamental en estos momentos no es tanto desandar, sino recuperar a la Esperanza, reparar los errores desde la asunción de responsabilidades, el perdón y la verdad, no desde la revancha. Pero cuando el foco ya no está en la Virgen, sino en derribar al hermano mayor cueste lo que cueste, la restauración deja de ser una cuestión estética o técnica para convertirse en una excusa política. ¿Ya no importa recuperar la expresión de la Virgen? ¿Ya no tienen valor las voces que afirman que Ella no es Ella? ¿Podemos esperar sin que sea Ella porque lo que de verdad importa son las elecciones, la vara dorada y el cobro de facturas? ¿Dónde estaban algunos fariseos cuando llevaron de paseo a la Virgen al Estadio Olímpico o a la Plaza de España? ¿Dónde estaban cuando se multiplicaban las miserables y vergonzosas acusaciones surgidas durante el anterior proceso electoral, que se diluyeron como un azucarillo tras la segunda victoria de Fernández Cabrero? ¿Eso no atentaba contra “la imagen de la Macarena”? ¿Entonces no tocaba rasgarse las vestiduras con exagerada e impostada gestualidad?
Se señala con ferocidad que Fernández Cabrero no estaba presente cuando se repuso la imagen a su camarín, como si ese dato aislado pudiera usarse como lanza arrojadiza, sin pensar —o sin querer pensar— que tal vez en esos días el corazón del hermano mayor estuviera ocupado por el desgarro íntimo de ver partir a la compañera de toda una vida. ¿De verdad importaba más su presencia en la Basílica que el acompañamiento a la esposa enferma, agotando sus últimos días en el mundo terrenal? ¿Dónde quedó la caridad, la comprensión, la empatía, valores fundacionales de toda hermandad cristiana? Hay quien dice que si el hermano mayor no estaba centrado en regir la hermandad debería haber dimitido. Es posible, pero, ¿para qué sirve una junta de gobierno si es imprescindible su presencia en la toma de decisiones en casos personales extremos como el que nos ocupa? ¿Existe o no confianza en quienes se encuentran en un segundo escalón?
Hablamos de la Macarena, por Dios Santo. ¿Alguien piensa realmente que es esencial que el hermano mayor de una hermandad de este calibre esté en primera línea de batalla en todas y cada una de las decisiones? ¿Realmente era necesario que él estuviera presente para que otros se dieran cuenta de que la Virgen no podía ser repuesta al culto en esas condiciones? Para eso tiene o debe tener un equipo de confianza. Obviamente, ello no resta responsabilidad en lo ocurrido, y estoy convencido que la asumirá cuando llegue el momento oportuno —que será en el cabildo o cuando la Esperanza esté plenamente recuperada— pero sí debería servir para rebajar el tono, la persecución y el odio y alimentar la comprensión ante un hombre destrozado, acompañando en su enfermedad al amor de su vida, en lugar de acusarle de no dar la cara. Como si su ausencia en un momento concreto no estuviera justificada. ¿No lo estaba? ¿De verdad que no lo estaba? ¿En qué nos hemos convertido? ¿En qué hermandad caben quienes anteponen el golpe al respeto, el odio a la compasión, el espectáculo al silencio de un duelo?
Es legítimo discrepar de la Junta. Es incluso sano exigir transparencia. Pero no lo es alimentar un clima de persecución personal donde ya no interesa si se restaura bien o mal, sino quién decide y si es «de los míos» o no. De nada importa que el restaurador se llame Pedro Manzano —uno de los mejores profesionales contemporáneos en este ámbito—. Basta que haya sido elegido por esta junta para que automáticamente se le niegue el pan y la sal. El problema no es técnico: es sectario. Y eso es lo más triste. No, el problema no es la restauración. El problema es que “la restaure esta Junta”. Por eso hay que desacreditar, incluso aunque la Esperanza sufra el coste. Porque a muchos, digámoslo ya sin rodeos, no les importa la Virgen, sino el poder que se ejerce en su nombre. Mientras algunos hermanos se preguntan cómo devolver a la Esperanza su expresión más pura, otros se ocupan de hacer retumbar tambores de guerra, para seguir agitando la indignación. No es amor a la Virgen, es instrumentalización. No es defensa de su rostro, es ceguera provocada por el odio. Y algunos, si tienen atisbo de vergüenza, van a tener muy difícil volver encontrarse cara a cara con Ella.
El cabildo del 29 de julio será decisivo, pero no por lo que se vote. Lo será porque revelará si la hermandad aún es capaz de anteponer la fe a los bandos, el respeto al rencor, el amor a la Virgen a los intereses personales. Mucho se habla de restaurar el rostro de la Esperanza. Pero, a día de hoy, lo más urgente sería restaurar el corazón de la hermandad. Un corazón partido por rencores mezquinos, por campañas soterradas, por miserias que nada tienen que ver con el Evangelio. Un corazón que ha dejado de latir al ritmo de la fe para seguir el pulso tóxico de los algoritmos y los aplausos fáciles. Basta ya. No todo vale. No así. No en nombre de Ella. La Virgen no puede ser escudo de guerras personales, ni testigo de venganzas larvadas. No podemos seguir destruyéndonos unos a otros invocando su nombre mientras pisoteamos todo lo que representa. No podemos restaurar su rostro si antes no hemos restaurado nuestra conciencia. Y eso, sí que no puede esperar más. Porque cuando el odio sustituye a la Esperanza, todos salimos perdiendo.





