Acabamos de asistir al Jubileo de la Esperanza, protagonizado por cerca de un millón de jóvenes, llegados a la Ciudad Santa, procedentes de 146 países. Las escenas de entusiasmo, de sana alegría, de fe desbordada, de esperanza plena se han sucedido sin solución de continuidad. A lo largo de toda la semana tuvieron ocasión para reunirse en diversos lugares, especialmente en las cuatro basílicas patriarcales de Roma: San Pedro del Vaticano, San Juan de Letrán, San Pablo Extramuros y Santa María la Mayor, donde escucharon la Palabra de Dios y la catequesis de la Iglesia, que en esta ocasión versó sobre la virtud teologal de la esperanza cristiana, centrada en Jesucristo, el único Salvador del mundo. El evento comenzó el 28 de julio de 2025 con una misa de bienvenida en la Plaza de San Pedro. En varias plazas de Roma se celebraron diversas actividades bajo el lema “Diálogo con la ciudad”, que incluían eventos culturales, artísticos y espirituales. Especial relevancia tuvieron los actos desarrollados a partir del primero de agosto, cuando Roma, con epicentro en las ruinas del Circo Máximo, se transformó en un inmenso templo dedicado a celebrar el Sacramento de la Reconciliación, donde miles de estos jóvenes se acercaron a alguno de los doscientos confesionarios instalados, atendidos por un millar de sacerdotes, como preparación para el encuentro con el papa León XIV en la explanada de Tor Vergata donde, el sábado día 2, se celebró una Vigilia de Oración, en la que no faltó la lluvia, y el domingo 3 tuvo lugar la Santa Misa presidida por el Santo Padre, culminando de este modo una semana preparada y vivida con la intensidad propia de la juventud.

Hasta aquí sería el relato oficial de estas jornadas, ciertamente inolvidables para los miles de jóvenes que las han vivido en primera persona, entre los cuales se encontraban cerca de veinticinco mil españoles, según fuentes de la Conferencia Episcopal. La cuestión que se plantea es la siguiente: ¿Cómo casa lo visto y vivido estos días con el creciente y pavoroso laicismo que vivimos en la actualidad, especialmente entre los más jóvenes? ¿Ha sido esto un festival veraniego o hay algo más profundo detrás? Nietzsche llegó a afirmar que “Dios ha muerto” en alusión al creciente ateísmo provocado por la irrupción del movimiento de la Ilustración, a mediados del siglo XVIII, que enfrentó de forma irreconciliable razón y fe, resultando escandalosamente triunfadora la razón, mientras que la fe quedó arrinconada de forma irremisible, lo que se ha traducido en una galopante y preocupante secularización del mundo occidental y, muy especialmente, en la vieja Europa comunitaria, con particular incidencia en los países más católicos por antonomasia: Italia y España, los estados donde el constantinismo, es decir, donde la vinculación entre los poderes terrenal y el espiritual han sido más fuertes y durante más tiempo. Se da la paradoja que, en la península italiana, los territorios más desacralizados son aquellos que, hasta los pactos de Letrán en 1929, habían estado bajo el control del Estado Vaticano. Cuando el papa Francisco volvía de su viaje a Japón, un periodista y sacerdote, el padre Makoto Yamamoto, del “Catholic Shimbun”, le formuló al Santo Padre la siguiente pregunta: “¿Tienen la sociedad y la Iglesia occidental algo que aprender de la sociedad y de la Iglesia oriental?”. A lo que Francisco respondió tajante: “La luz viene del Oriente, el lujo, el consumismo viene del Occidente … A la sociedad occidental ―siempre con prisas (siempre racionalista afirmo yo) ― le ayuda mucho aprender un poco de contemplación, detenerse, mirar todo también de una manera poética”. Esto viene a explicar el hecho de que el catolicismo esté creciendo de forma exponencial en los países asiáticos, con especial relevancia en Corea, pues la dicotomía razón – fe no existe, sino que ambas tienen su propio espacio a la vez que se complementan mutuamente.

En una magnífica “novela – no novela” de Javier Cercas, titulada “El loco de Dios en el fin del mundo”, donde el autor se define como ateo, anticlerical, laicista militante, racionalista contumaz e un impío riguroso. El novelista realiza una extraordinaria hagiografía del papa Francisco con motivo de su viaje a Mongolia en 2022. Poco a poco, Cercas irá descubriendo la imponente figura de Francisco, mientras que, en Ulán Bator, capital del país asiático, se da de bruces con una entusiasta comunidad de misioneros, pertenecientes a la orden de la Consolata, aunque no son los únicos, con el cardenal Giorgio Marengo a la cabeza, el primero de aquel país asiático, y descubre el inmenso esfuerzo de inculturación que tienen que realizar aquellos religiosos y, por extensión, los miles de misioneros que llevan la palabra de Cristo a los puntos más recónditos del planeta. La conclusión es evidente, a la Iglesia occidental le falta llevar a cabo su propio proceso de inculturación en el mundo donde vive. La Iglesia en Occidente tiene que hacerse misionera. Si se quiere que los sacerdotes no prediquen en templos desiertos o, como mucho, escuchados por algo más que gentes de edad provecta, tendrá que adaptar su lenguaje para que los más jóvenes entiendan el mensaje, porque en caso contrario, lo vivido en Roma durante estos días sólo será un destello, una estrella fugaz en medio de las sombras que nos apabullan. En este sentido, sería importantísimo que, en cada parroquia o agrupación de parroquias, existiera una delegación o comisión de pastoral juvenil que trabaje, no sólo cuando se presenta un evento tan significativo como el jubileo, sino a lo largo de todo el año. No se trata de adaptar el mensaje de Cristo al mundo actual, se trata de que el mensaje no tenga ese sabor a rancio, a naftalina que suele embadurnar el lenguaje oficial. No se trata de esperar a que los jóvenes se acerquen a la iglesia, se trata de ir a buscar a los jóvenes. En esta tarea, nosotros los cofrades tenemos que desarrollar un papel importantísimo, a través de nuestros respectivos grupos jóvenes. Ejemplos heroicos hay muchos, entre los que quiero destacar la gigantesca figura de san Juan Bosco, quien supo acercarse a la juventud utilizando su propio lenguaje, a la vez que les ofrecía el mensaje con inmenso amor, franca sinceridad y, sobre todo, con su ejemplo personal. Eso no falla.
Foto portada: El Santo Padre portando la cruz del jubileo, rodeado por cientos de jóvenes en la explanada de Tor Vergata. Foto: Vatican New
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