Llueve… El ambiente tiene tintes grisáceos… Me preparo para ir al cumpleaños de un compañero de mi hija. Mi mente da vueltas y vueltas y llego a la misma conclusión… Todo el mundo lleva su cruz y últimamente la mía es algo más pesada que de costumbre. Dice el refranero (ya sabéis que soy fan) que «Dios da sus peores batallas a sus mejores guerreros». Y eso debe de pensar Él de mí. Si es así, hágase tu voluntad, no la mía. Pero afloja de vez en cuando, pare mío (como diría mi amigo Fernando).
Hoy… No te buscaba. No te miré mucho a la cara. Me estoy cansando. Debe ser la edad. Ya no soy esa niña que miraba al mundo para comérselo. Hoy miro al mundo para que no nos coma. Lucho como cualquier madre, intentando dejar uno mejor que el que hay. Donde el sonreír o el simple comentario «te he echado de menos», sea obligatorio. Donde ningún niño salga a la calle con miedo, donde el esfuerzo sea premiado y todos tengan las mismas oportunidades. Donde un simple, ¿cómo estás?, sea bálsamo para tus penas.
Hoy no te buscaba. No fui capaz de sostenerte la mirada. Estoy enfadada. El ego de las personas sigue imponiéndose por encima de todo. El egocentrismo no deja ver el daño que se hace al de al lado. No deja escuchar. Es como una víbora que saca sus dientes cuando se siente atacada inyectando su veneno. Se sigue premiando al yo y no al nosotros.
Hoy… no te buscaba, pero me encontraste. En el momento que menos esperaba. Como una buena madre supiste que necesitaba ese abrazo tan tuyo y mío. Tan silencioso como reconfortante. Tan acogedor como fugaz…, pero tan necesario. Y es que, como buena madre supiste elegir el momento preciso para que te sintiera en mi piel, pero sobre todo en lo más profundo de mi alma, como se quiere a las madres. Y así me quieres Tú, con todos mis defectos, que son bastantes. Sin embargo, los empequeñeces y me haces sentir de nuevo como aquella niña que te buscaba un día cualquiera al salir del baile e ir al encuentro con su padre en aquella capilla sixtina cordobesa. Esa niña que, entre juegos y risas, aprendió que lo más importante es Aquél que está en el Sagrario y que soportó la cruz por nosotros. Pero que Tú, siempre estás ahí para ser ese remanso de paz que nos hace llegar a puerto cuando la marea está embravecida.
¡Gracias! Gracias a vosotros por vuestro sí. Y a ti también, a pesar de tu charla. Con resignación asumo mi sanción. Pero a Ti, Madre, gracias siempre, por acogerme en tu pecho, en tus brazos… porque solo ahí estoy en casa; en tu pecho encuentro la paz necesitada y la esperanza deseada.





