A paso mudá | La Semana Santa de Córdoba: un tablero que ajustar

Cada año, cuando la Semana Santa se acerca, Córdoba vuelve a enredarse en el mismo debate circular: ¿es la Carrera Oficial el problema estructural?, ¿son demasiadas las hermandades para tan poco espacio?, ¿o es el propio centro histórico, Patrimonio de la Humanidad, el límite físico y simbólico que condiciona todo? Se discute, se reforman planos, se mueven horarios, se prometen ajustes, pero la cuestión esencial permanece intacta: Córdoba trata de encajar una tradición en un marco urbano que ya no responde a las necesidades reales de la ciudad cofrade.

La Carrera Oficial se ha convertido en un tablero rígido sobre el que se intenta mover fichas que ya no caben. Durante décadas se ha estirado, comprimido, parcheado y tecnificado, confiando en que el problema era simplemente logístico, cuando en realidad es conceptual. No se trata de cambiar curvas ni ampliar tribunas, sino de reconocer que el modelo nació para una Semana Santa más pequeña, menos plural y sin el volumen actual de cortejos, nazarenos, bandas, dispositivos de seguridad, acreditaciones, prensa, accesos, evacuaciones y un público que ya no se concentra solo en la ciudad, sino que se multiplica en turistas, visitantes y retransmisiones. La Carrera Oficial, tal como está planteada, es un molde que ya no admite más expansión sin romperse.

No es, por tanto, un conflicto de fe ni de número de hermandades; el crecimiento devocional debería celebrarse, no problematizarse. Lo que ocurre es que se insiste en meter el siglo XXI en una estructura urbanística medieval con la misma mentalidad de siempre: todas deben pasar por el mismo punto, en el mismo recorrido, y en la misma franja temporal. El resultado es un embudo previsible: esperas interminables, retrasos en cadena, tensión entre corporaciones, y una sensación de saturación que no nace del fervor sino de la falta de flexibilidad. No sobran hermandades; falta ciudad cofrade. Falta asumir que Córdoba no es solo su postal monumental, por hermosa que sea, sino una urbe viva, amplia y con barrios que también reclaman protagonismo.

Y ahí aparece el tercer elemento: el centro histórico. Es tesoro y frontera. Es lo que da identidad, pero también lo que condiciona, limita y estrangula. Su defensa patrimonial es necesaria, pero su rigidez normativa termina convirtiéndose en un corsé que impide pensar la Semana Santa más allá de los límites de la Mezquita y sus calles angostas, diseñadas para otra época y no para la complejidad logística que hoy exigen las hermandades. La protección del patrimonio no puede traducirse en inmovilismo absoluto, ni en una Semana Santa convertida en museo viviente, donde todo cabe solo a base de permisos excepcionales, tolerancias puntuales y rectificaciones sobre la marcha.

La verdadera problemática no está, entonces, en el número de cofradías ni en los metros del recorrido, sino en la visión. Córdoba ha gestionado su Semana Santa desde la conservación y no desde la planificación. Se ha gobernado por miedo al cambio, no por valentía para pensar un modelo nuevo que respete la tradición sin quedar prisionero de ella. Una Carrera Oficial redistribuida, itinerarios alternativos, una Semana Santa que no entienda el paso por el centro como único certificado de legitimidad, y una ciudad que asuma que el patrimonio se protege también permitiéndole vivir, son líneas que no se pueden seguir posponiendo.

Porque si Córdoba no acepta que su Semana Santa debe expandirse en concepto, no solo en número, seguirá repitiendo el mismo conflicto cada cuaresma: querremos que quepa todo en el mismo molde, cuando el verdadero desafío no es meter más, sino pensar mejor. La cuestión no es elegir entre Carrera Oficial, multitud de hermandades o límites históricos; es comprender que la Semana Santa cordobesa no puede seguir creciendo dentro de un marco que ya ha dejado de servirle. Y que, sin una reforma profunda, no solo urbanística sino mental, seguiremos celebrando la tradición mientras intentamos sobrevivir a su propio embotellamiento.

La respuesta, en el fondo, es tan incómoda como evidente: no falla la devoción, ni el patrimonio, ni el número de corporaciones. Falla la falta de visión. Y mientras Córdoba prefiera ajustar horarios antes que repensarse, la Semana Santa seguirá siendo lo que ya es: espléndida, sí, pero atrapada en su mejor tesoro y en su mayor límite