Durante los días de finales de enero y comienzos de febrero, la Hermandad de Montesión abrió sus puertas para acoger la contemplación silenciosa del Señor Orando en el Huerto, una imagen que convoca a los fieles con la misma fuerza de siglos de devoción. El besapiés, tradicional cierre de los cultos, reunió a cientos de devotos que acudieron a la llamada de aquél que nos enseñó a rezar, en un ritual que mezcla fe, recogimiento y belleza. Nuestro compañero Benito Álvarez dejó constancia del instante, capturando la luz que acaricia la efigie.
Entre historia y misterio: el origen de la imagen
Como ocurre con muchas de las esculturas de nuestras cofradías de penitencia, la autoría del Señor Orando no se conserva con certeza absoluta. Esto ha obligado a los historiadores a analizar con rigor cada indicio, evitando atribuciones que carezcan de fundamento.
Históricamente, la imagen ha sido vinculada a Pedro Roldán, una atribución recogida ya en 1882 por José Bermejo y Carballo en su obra Glorias religiosas de Sevilla, basándose en registros de Arana de Varflora, Espinosa y Antonio Ponz. Sin embargo, otros autores como González de León, Gestoso y Almela Vinet han matizado que si bien el Cristo podría ser de Roldán, ciertas figuras del misterio, como el Ángel, podrían proceder de otros talleres.

















Documentos que iluminan el pasado
El hallazgo de un contrato de 1578, firmado entre la Hermandad de Monte-Sión y el escultor Jerónimo Hernández y Estrada, confirma la realización de las cinco figuras originales del paso de misterio, incluyendo al Señor y los tres apóstoles, así como un Ángel con su cáliz. En dicho acuerdo se especificaba la colocación del Señor en la parte más alta del huerto y la posibilidad de desmontar cada figura, lo que demuestra la atención al detalle y la planificación artística de la época.
Este documento, transcrito por Celestino López Martínez, aporta datos clave: las figuras estaban realizadas en pasta y lienzo nuevo para los rostros, pies y manos, mientras que el dorso estaba embetunado. Asimismo, evidencia que las esculturas de los apóstoles fueron sustituidas a finales del siglo XVII, pero deja sin objeción la autoría del Cristo Orante y del Ángel, que conservaron los rasgos de Hernández.
Renovaciones y retoques a lo largo del tiempo
A lo largo de los siglos, la imagen del Señor sufrió diversas intervenciones. En 1832, se añadió una cabellera de pasta que sustituyó la primitiva de pelo natural, y en 1942, Castillo Lastrucci realizó una restauración completa del cuerpo “de vestir”, adaptando cabeza, busto, manos y pies. En 1976, Francisco Buiza anatomizó nuevamente la imagen, unificando la encarnación de manos y pies con la tonalidad del cuerpo.
Los análisis microquímicos confirman que la escultura presenta dos estratos de policromía, el primero correspondiente a Lastrucci y el segundo a Buiza. Incluso los detalles más pequeños, como el reguero de sangre del cuello, reflejan la utilización de pigmentos de época, lo que permite rastrear con precisión las intervenciones sobre la obra.
Un Cristo barroco en el corazón de Sevilla
El estudio estilístico y comparativo sitúa con gran probabilidad la obra en el último tercio del siglo XVII, encuadrada dentro del barroco sevillano y próxima al círculo de Roldán. Los detalles anatómicos, los pliegues de la nuca, los regueros de sangre y la expresividad del rostro señalan una imagen capaz de conmover y enseñar a rezar, incluso siglos después de su creación.
El Señor de Monte-Sión, así, no solo representa el momento supremo de la Oración en el Huerto, sino que se erige como un testimonio vivo de la historia de la imaginería sevillana, donde cada restauración, cada retoque y cada mirada de los fieles se suma a la leyenda de aquél que nos enseñó a rezar.
Veneración y memoria viva
El besapiés de este año ha sido, nuevamente, un encuentro entre el arte, la fe y la historia, un instante en que la luz del templo se mezcla con la devoción de los presentes. La contemplación del Señor Orando en el Huerto nos recuerda que, más allá de los siglos, la oración sigue siendo un hilo que une lo humano con lo divino, y que cada gesto de fe engrandece la memoria de quienes han cuidado y venerado esta joya del patrimonio sevillano.
El testimonio gráfico de Benito Álvarez permite a quienes no pudieron asistir sentir la emoción y la solemnidad de un rito que renueva cada año la devoción de Monte-Sión, recordándonos que en cada paso, en cada mirada, sigue vivo el Cristo que nos enseñó a rezar.





