Una bendición cargada de memoria en el nonagésimo aniversario de 1936
La ciudad de Murcia ha incorporado a su patrimonio una obra de extraordinaria relevancia artística y espiritual con la bendición, el pasado 18 de marzo de 2026, del Santísimo Cristo de la Concordia, imagen crucificada realizada por el imaginero sevillano Darío Fernández para la Cofradía del Santo Sepulcro. La efeméride adquiere una especial densidad simbólica al coincidir con el 90 aniversario del inicio del último Quinario celebrado en 1936 antes de la destrucción del antiguo titular durante los sucesos de aquel verano.
De este modo, la corporación establece un vínculo directo entre memoria histórica y presente devocional, restituyendo, en la misma fecha, una ausencia que se prolongaba desde hace décadas y que había marcado profundamente la identidad de la hermandad.
Una cofradía histórica y un legado patrimonial de primer orden
Fundada en 1570, la Cofradía del Santo Sepulcro de Murcia es una de las instituciones más antiguas de la ciudad y ostenta el carácter de procesión oficial del Viernes Santo. Con sede en la parroquia de San Bartolomé-Santa María, enclavada en el corazón histórico murciano, la corporación custodia un patrimonio devocional de notable valor, en el que sobresalen las aportaciones de grandes figuras de la imaginería.
Entre ellas destacan Juan González Moreno, autor de buena parte del conjunto procesional tras la posguerra, y Francisco Salzillo, cuya última obra destinada a la Semana Santa, el Santísimo Cristo de Santa Clara la Real, continúa procesionando en la actualidad con la propia cofradía. Este contexto patrimonial sitúa la nueva talla en una línea de continuidad artística de alto nivel, en diálogo con los grandes maestros que han configurado la estética pasional murciana.
Una talla concebida para recuperar una ceremonia histórica
La imagen del Santísimo Cristo de la Concordia ha sido concebida como un crucificado articulado, incorporando un sistema en los brazos que permitirá recuperar la antigua ceremonia del Desenclavo o Descendimiento. Este rito, documentado en la cofradía al menos desde el siglo XVIII, formaba parte de las prácticas previas a la procesión del Viernes Santo hasta su prohibición en 1780.
La recuperación de esta función supone la restitución de una de las expresiones más solemnes y sobrecogedoras de la tradición cofrade murciana, devolviendo a la ciudad un acto cargado de significado litúrgico y emocional que había quedado relegado al ámbito de la memoria histórica.
Una obra que restituye la ausencia y abre una nueva etapa
La incorporación de esta nueva talla constituye un hito de carácter espiritual y sentimental para la Cofradía del Santo Sepulcro. Bajo la advocación de la Concordia, la imagen no solo viene a ocupar el lugar del titular destruido en 1936 durante la Guerra Civil, sino que se erige como un símbolo de reconciliación entre pasado y presente, entre la pérdida y la recuperación.
La obra de Darío Fernández, de notable calidad formal y profunda carga expresiva, se integra plenamente en el patrimonio de la corporación, enriqueciendo un legado que ha sabido mantener su vigencia a lo largo de los siglos. Su presencia no se limita a una sustitución material, sino que redefine el horizonte devocional de la hermandad, abriendo un tiempo nuevo en el que confluyen la fe, el arte y la memoria compartida.
La excelencia artística al servicio de la devoción
La talla, ejecutada con un lenguaje plástico de gran rigor y sensibilidad, se presenta como una de las realizaciones más destacadas del imaginero sevillano, consolidando su posición dentro del panorama contemporáneo. La intensidad expresiva del crucificado, unida a su funcionalidad litúrgica, sitúa la obra en un plano donde la excelencia artística se pone al servicio de la tradición y la vivencia religiosa.
Con esta incorporación, Murcia no solo recupera una parte esencial de su historia cofrade, sino que incorpora una obra llamada a convertirse en referencia, tanto por su significado simbólico como por su calidad escultórica, reafirmando el papel de la imaginería como vehículo privilegiado de la emoción y la trascendencia.











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