Andar, lo que se dice andar, sigue siendo para nuestras hermandades un concepto tan misterioso y distante como el origen del universo. El pasado Domingo de Ramos lo volvió a demostrar con la precisión de un reloj… pero uno de esos relojes de cuerda que llevan veinte años sin mantenimiento. La segunda hermandad del día ya entró con retraso, lo cual es todo un logro si tenemos en cuenta que la primera, pobrecita, entró en hora pero dejó sembrados unos cuantos minutos de regalo para que la siguiente empezara el día con emoción. Y así, hermandad tras hermandad, como una cadena de favores pero al revés, hasta que la última consiguió salir con solo una hora de retraso.
Porque en Córdoba tenemos una asignatura pendiente, que ya es tradición, patrimonio inmaterial y casi se podría declarar Bien de Interés Cultural: el arte de andar. Andar en general, pero especialmente por la Carrera Oficial, ese tramo mítico donde el tiempo se dilata, los nazarenos se evaporan y los parones se convierten en experiencias espirituales de cinco minutos. Este lunes vimos a varias hermandades intentando compensar: filas de tres, de cuatro, otros nazarenos desperdigados como si fueran estrellas fugaces… y, por supuesto, los parones marca de la casa. Las Penas, primera de la tarde y sin nadie delante salvo su propio reloj, ya inauguró la jornada con su pausa reglamentaria. Tradiciones son tradiciones.
Si tenemos seis hermandades por la tarde y acumulamos una hora de retraso, salen a diez minutos de regalo por hermandad. Matemáticas puras. Y claro, uno, que intenta ser constructivo, se pregunta: si yo pago mi abono de sillas a la Agrupación de Cofradías, y ellos publican un horario en sus librillos, y organizan los pasos por la Carrera Oficial… ¿no debería yo recibir lo que pago? ¿O es que el horario es una especie de obra literaria, una ficción poética, un “ideal platónico” que no está pensado para cumplirse en el mundo real?
Pero tranquilos, que ahora vendrá el repertorio habitual: que si es un donativo, que si los horarios son aproximados, que si los retrasos son inevitables, que si Mercurio está retrógrado… Una colección de excusas tan amplia que casi merece su propio pregón.
Y aquí viene el cajón que nadie quiere abrir: ¿Qué pasaría si los retrasos tuviesen repercusión económica?, ¿Qué pasaría si me devolviesen el importe del día de mi abono si no se cumplen los horarios programados? ¿Si la Agrupación, y por extensión las hermandades, vieran reducidas sus subvenciones por incumplir horarios? Igual entonces descubríamos que el andar no es tan complicado, que los nazarenos pueden caminar a ritmo humano y que los parones no son un fenómeno meteorológico inevitable. Igual hasta acertaban con los horarios y yo no tendría que pasar una hora contemplando el entorno incomparable de la Mezquita‑Catedral, que es precioso, sí, pero tampoco hace falta que me lo estudie para un examen de oposición.





