No hay nada más hermoso que ver tu costal sobre la cama, al lado la faja y, a los pies, las zapatillas. Solo algo lo supera, la túnica colgada en la puerta, la otra parte de tu piel, aguardando el anonimato, la penitencia, el momento de reencontrarte contigo mismo y hablarle a Dios sin fisuras, ambages ni medias tintas.
En ese momento, la columna, el artículo de opinión lo escribe el alma y tiene tanta verdad que hasta te asusta recordarla después. Es una conjugación imposible, tu debilidad humana y la comprensión infinita de Dios, que te perdona todos y cada uno de los fallos que has cometido.
Y en este tiempo en que ya no uso el costal y la túnica que veo es la de mi hijo, siempre me divido entre su hermandad y la mía, porque ambas son de Martes Santo. Y me cuestiono qué habré hecho tan mal para que haya quien vaya quejándose y llorando por mí, en cada esquina, mientras se arria el paso o se produce una tertulia sobre el costal.
Entonces recuerdo otro Martes, cuando se me “quería” con locura, u otro tiempo pandémico cuando se me pedían “favores, o las veces en que los artículos eran casi por encargo. Como también recuerdo a aquellos que me avisaban de que mi palabra estaba siendo utilizada; o de aquella vez en que no se respetó a un costalero de su cuadrilla para sustituirlo como capataz, sin tapujos ni remordimientos.
La memoria se agudiza cada Martes Santo y se estiliza al paso de una cofradía enlutada cada Viernes Santo. Es muy puñetera, porque recuerda ciertos hechos, ciertas situaciones, que contienen una verdad incómoda.
Pero eso es pasado. El presente dicta una decadencia progresiva en lo emocional, en las relaciones interpersonales y en el resto. Pues cada gesto parece forzado; cada fotografía, idealizada; cada frase, anquilosada, memorizada, fingida.
Recuerdo la verdad y los principios que me inculcaron en mi casa. Por eso he callado tanto tiempo, por eso terminaré defendiéndome y, porque amo la libertad, seguiré opinando mientras se me permita, mientras observo que tu declive -como quizá el mío- solo es parte del proceso y hay que saber asumirlo.





