Sendero de Sueños | La Paz es familia. Es Hermandad. Es eternidad

Miércoles Santo en Córdoba y el aire ya no es aire, es un suspiro contenido que se escapa por las callejas. Es un latido que suena a pasos, a encuentro, a familia… Miércoles Santo… Cuando el barrio se hace Hermandad y la Hermandad se hace casa. Cuando la casa se llena de nombres, de abrazos, de recuerdos… Porque hablar de la Hermandad de la Paz no es hablar solo de un cortejo, ni de un palio, ni de un misterio. Es hablar de vida compartida, de manos que se buscan, de miradas que se entienden sin palabras. Es hablar de amigos que son hermanos, de hermanos que son familia, de una familia que cada año vuelve a reunirse bajo el mismo cielo cuando Córdoba se viste de espera.

Y entonces, cuando la tarde comience a rendirse, cuando el sol se vuelva dorado y lento, se abrirá la puerta… Y Él saldrá.

El Señor de la Humildad y Paciencia avanzará con andar valiente, decidido, marcando el pulso de un pueblo que aprende de su silencio, de su serenidad, de su forma de aceptar el dolor sin perder la dignidad. Andará el Señor y no habrá prisa, pero tampoco duda. Cada paso es firme, cada chicotá será una lección, cada mirada al frente, un camino.

Y tras Él, cuando el corazón ya late distinto, cuando el alma se ha haya hecho oración, Ella saldrá… La Virgen saldrá al encuentro de su pueblo, como madre que no espera, como consuelo que camina, como Paz que se derrama por las calles. Y no habrá distancia, ni habrá ausencia, ni olvido, porque en ese instante todos estaremos allí.

Estarán los niños que mirarán asombrados, los jóvenes que aprenden a quererla llegados de la mano de su abuelo, como Sergio que, en sus charlas con su padre pregunta y repregunta por su abuelo, intentando descifrar cómo un hombre tan humilde fue capaz de abrir de par en par las puertas de una casa que, sin proponérselo, terminó convirtiéndose en el hogar de todos. Le intriga cómo alguien que nunca presumió de nada, que no necesitó apellidos ni títulos, pudo crear un espacio donde cualquiera encontraba un sitio en la mesa, una silla en el patio y una historia que escuchar. Busca entender cómo la generosidad de un solo hombre puede sostener el mundo entero de una familia. También estarán los mayores que le rezan en silencio. Y cómo no, también los que ya no vemos, pero que nunca se han ido.

Porque hoy, en este Miércoles Santo eterno, también caminan con nosotros. Camina mi padre, prioste de lo eterno, manos calladas que levantaban la belleza sin hacerse ruido, el que cuidaba cada detalle como quien reza sin palabras, el que entendía que servir a la Hermandad era también una forma de amar. Y camina Diego, Diputado Mayor de Gobierno de cielo y tierra; el que enseñó a la cofradía a andar recta, el que marcó el paso con firmeza y cariño, el que convirtió la responsabilidad en forma de amor.

Camina Doña Carmen, manos de ternura y de encaje, camarera de silencios y de detalles, la que supo vestir a la Virgen no solo con telas, sino con devoción. Caminan también Pepe Campos y Pilar, sustento humano de la Hermandad, cimientos invisibles sobre los que se levanta cada Miércoles Santo La Paz.

Y cómo no, también quien durante más de una década supo darle rumbo, alma y carácter a esta Hermandad. Juan Rodríguez, hermano mayor de entrega constante, de decisiones firmes, de amor sin medida. En sus manos, la Hermandad creció, se hizo fuerte, aprendió a mirarse por dentro y a caminar siempre hacia delante.

Y hay nombres que marcan el compás mismo de la emoción. Aparece él. Rafael Muñoz. Capataz de la Virgen, su eterno enamorado y capataz de capataces. Él no necesita alzar la voz para mandar, porque le basta el alma, reza con el martillo. Sabe que cada levantá es un latido compartido, una oración hecha costal, un suspiro que se eleva al cielo. Con él, la Virgen no anda… flota.

Y en la raíz de todo, en la fe que lo sostiene todo, la huella imborrable de Fray Ricardo… Capuchino de palabra dura y corazón inmenso, a quien tanto le debemos, porque supo sembrar Evangelio en cada rincón de esta Hermandad, porque enseñó que la Paz no solo se reza, se vive.

Y entre tanta memoria viva, entre tantos nombres que sostienen la historia, aparecen ellos… Los niños. Los que llegan sin saberlo todo, pero sintiéndolo todo. Los que miran al Señor con asombro y a la Virgen con ternura, como si ya la conocieran de siempre. Nietos de aquellos que nos enseñaron a vivir la Hermandad, a quererla sin medida, a entender que esto no es solo un día, sino una forma de estar en la vida.

En sus ojos vive lo que fuimos y en sus pasos pequeños late lo que seremos. Ahí están, mi hija y mi sobrina, herederas de un amor que no se escribe, que se aprende en el silencio de un templo, en el sonido de un llamador, en la emoción de una levantá. Ellas no lo saben aún, pero ya llevan dentro el peso más hermoso: el de una historia que continúa. Porque la Hermandad no se acaba, se transmite. Pasa de mano en mano, de corazón en corazón, como la cera encendida que nunca deja de alumbrar.

Y mientras el Señor avanza valiente y decidido, y la Virgen se acerca como caricia de cielo, Córdoba entera se rendirá a su paso.

Y tú, Virgen de la Paz, seguirás saliendo al encuentro. Al encuentro del que sufre, del que espera, del que recuerda, del que ama. Al encuentro de un pueblo que te necesita porque en ti encuentra refugio, porque en ti encuentra sentido, porque en ti encuentra hogar.

Y así, entre incienso y azahar, entre lágrimas y sonrisas, la Hermandad volverá a ser lo que siempre ha sido: un lazo invisible que une la tierra con el cielo.

La Paz no es solo un nombre, es una forma de vivir, de sentir, de creer. Es el Señor de la Humildad y Paciencia hecha paso firme.
Es una Madre que sale al encuentro.
Es familia. Es Hermandad. Es eternidad.

¡Feliz Miércoles Santo!