En el mundo de los oficios artesanales, aprendemos pronto que el ruido no construye nada. Nuestra brújula es siempre la misma: el respeto a la pieza que tenemos entre manos y la lealtad hacia quien nos encomienda la labor de preservar su patrimonio. Estos días, al trabajar en el dorado y el barnizado del paso de Jesús de las Penas, el silencio de nuestro trabajo diario ha contrastado con el estruendo mediático que rodea a la Hermandad de la Estrella.
Es un hecho que la Comisión Artística ha presentado su dimisión. No estamos aquí para analizar las razones de esa fractura, pero sí para señalar la realidad: se ha perdido un órgano que trabajaba desde un criterio técnico que hoy parece estorbar. Tenemos sobre la mesa tres nombres propios de una talla artística incuestionable: Álvaro Abrines, José María Leal y Navarro Arteaga. Que una hermandad cuente con propuestas de tal calado artístico no es un drama, es un privilegio. Estos artistas entienden el lenguaje de la Semana Santa y poseen la solvencia necesaria para afrontar un proyecto de esta envergadura.
La Junta de Gobierno, en su soberanía, ha tomado una decisión que ha desembocado en esta crisis. Como artesanos, nuestra lealtad hacia quien nos encarga el trabajo es inquebrantable, y la Estrella ha apostado por nosotros con total confianza, algo que agradecemos y correspondemos con nuestro esfuerzo diario ante la madera y el oro.
Ahora bien, lo que resulta difícil de digerir es la actitud de una parte de la sociedad cofrade que, desde la barrera y con la ligereza que otorga el desconocimiento, se ha lanzado a incendiar las redes sociales. ¿En qué momento nos volvimos expertos en arte sacro a golpe de tuit? Es decepcionante ver cómo el debate se reduce al bando fácil, al ataque gratuito y a la opinión sin poso, mientras se desprecia el papel de quienes, desde la responsabilidad técnica, intentan velar por la coherencia estética de nuestra Semana Santa.
La dimisión de una comisión debería ser motivo de reflexión seria, no de carnaza para el entretenimiento del cofrade de sofá. Mientras el público se pierde en el griterío, nosotros seguiremos aplicando el oro y el barniz con la calma de quien sabe que, cuando el paso esté en la calle, el ruido se habrá apagado. Lo que quedará, al final, será la obra ejecutada. Ojalá el juicio de la historia sea más riguroso y menos impulsivo que el juicio de la calle.





