La revirá | Las bandas no se “fichan”, los consiliarios no son “conciliarios y una primicia no es una “exclusiva”

El lenguaje constituye una de las herramientas más valiosas que posee el periodismo, aunque a juzgar por determinadas costumbres uno podría llegar a pensar que para algunos el diccionario es una pieza ornamental comparable a una figura de porcelana, muy vistosa, pero absolutamente prescindible. Y, sin embargo, utilizar las palabras con precisión resulta fundamental por múltiples razones: para que te tomen en serio, para no quedar como un pardillo, un lerdo o un ignorante, y también para no faltar al respeto a los protagonistas de aquello que se cuenta. A todos nos sucede alguna vez. El error forma parte de la condición humana y no existe deshonra alguna en equivocarse. Lo verdaderamente pintoresco aparece cuando uno decide perseverar en el desacierto con una convicción admirable, ignorando que reconocer una equivocación no empequeñece a nadie, sino que lo engrandece. Porque, como dice el sabio refrán, “tropezar con una piedra es humano, encariñarse con la roca es de subnormales”, y hay quienes, con una perseverancia digna de empresas más elevadas, parecen empeñados en recorrer ese mismo sendero hasta el infinito y más allá, convencidos además de estar descubriendo América en cada reincidencia.

Sucede en las cofradías, en la prensa y prácticamente en cualquier ámbito imaginable. Ahí están esos personajes que continúan hablando del “conciliario”, quizá convencidos de que la palabra guarda relación con algún remoto “concilio”, ignorando que el término correcto es consiliario, procedente del latín consiliarius, que significa consejero, es decir, “persona que aconseja a otra” y que es, además, “en algunas corporaciones y sociedades, la persona elegida para asistir con su consejo al superior que las gobierna, o tomar parte con él en ciertas decisiones”. Pero el espectáculo no termina ahí. Merecería una tesis doctoral la alegre facilidad con la que algunos presuntos periodistas aseguran haber dado una “exclusiva” cuando en realidad han publicado una simple “primicia”. Conviene recordar que una exclusiva es una “noticia conseguida y publicada por un solo medio informativo, que se reserva los derechos de su difusión”, mientras que una primicia es una “noticia, hecho que se da a conocer por primera vez”. Ser el primero en publicar algo no convierte automáticamente la información en exclusiva, por mucho que algunos repitan la palabra con la misma solemnidad con la que un niño presume de haber descubierto el fuego. Sería deseable que determinados colegas frecuentaran el diccionario con el mismo entusiasmo con el que frecuentan las redes sociales, evitando así provocar discretas carcajadas entre quienes todavía mantienen la extravagante costumbre de consultar las definiciones.

La cuestión alcanza incluso extremos aparentemente inocentes, como ese empeño tan extendido en afirmar que una hermandad “ficha” a una banda. Es perfectamente posible que no todos los periodistas que emplean el verbo lo hagan con intención despectiva, pero conviene detenerse un instante en lo que subyace detrás de determinadas expresiones. Porque una corporación no incorpora a una formación musical como quien incorpora a un delantero centro durante el mercado de invierno. Una hermandad contrata una banda o suscribe un acuerdo con ella. Y sería conveniente comprender que las bandas son mucho más que un acompañamiento sonoro. Constituyen una parte esencial de nuestra religiosidad popular y de nuestro patrimonio cultural. Hablar de “fichajes” puede parecer una licencia inocente, pero termina transmitiendo una visión reduccionista que convierte a los músicos en una suerte de mercenarios itinerantes, susceptibles de ser tratados con la misma consideración que un extremo izquierdo con cláusula de rescisión. Resulta paradójico que algunos que se autoproclaman grandes defensores del universo cofrade no reparen en el menosprecio implícito que encierra ese lenguaje. Quizá bastaría con un poco de humildad y con la voluntad de aprender para no seguir haciendo el ridículo ni perseverar alegremente en errores que, además de provocar sonrojo, terminan faltando al respeto a quienes enriquecen con su arte nuestras tradiciones.

Las hermandades no fichan bandas. Y los periodistas no aprenden por el mero hecho de tener un título colgado en sabe Dios dónde o de haber publicado algunos libros que no ha leído nadie. La sabiduría no se adquiere por ósmosis ni la capacidad intelectual se obtiene por acumulación de currículos. Hace falta humildad, autocrítica, voluntad permanente de aprendizaje y una saludable capacidad para reconocer las propias limitaciones. Virtudes todas ellas mucho menos abundantes de lo que algunos creen. Existen personajes convencidos de que una carrera, unas cuantas entrevistas o varias apariciones públicas les otorgan una suerte de infalibilidad pontificia que los sitúa por encima de cualquier corrección. Nada más lejos de la realidad. El buen periodista no es quien jamás se equivoca, sino quien posee la grandeza suficiente para rectificar cuando corresponde y aprende de los errores. Porque las palabras importan, el lenguaje importa y la precisión importa. Y eso, queridos niños, no son características que estén al alcance de todos.