Cuando llega el estío y la ciudad se vacía, las casas de hermandad echan el cierre y todo el mundo parece tener una urgencia ciega por estar en cualquier sitio menos en el suyo. Es el tiempo del verano, ese parón que para muchos es una liberación y para nosotros es, sencillamente, un paréntesis extraño que no termina de encajarnos.
Nosotros, como cualquiera que se dedica a estos menesteres, apenas si rascamos algún día suelto. Y cuando lo hacemos, cuando bajamos a la playa y nos ponemos frente al mar, nos pasa una cosa curiosa: a las pocas horas ya estamos mirando el reloj y deseando volver. No es que nos falte capacidad de disfrute, es que nuestro sitio no es la arena, ni la sombrilla, ni ese ruido que no dice nada. Nuestro sitio es el taller. Y quien entienda esto, sabe que no es un sacrificio, sino una forma de entender la vida, como quien sabe que el duende no aparece en el jaleo, sino en el silencio de un quejío.
Hay quien nos mira raro, como si estuviéramos perdiéndonos algo. Lo que no entienden es que nuestra felicidad no depende de lo que hay fuera, sino de lo que construimos dentro. Llevamos una vida cuasi monacal, centrada en el silencio y en la disciplina de lo que tenemos entre manos. Para nosotros, la paz no es estar tumbado sin hacer nada; la paz es estar frente a la pieza, con las manos ocupadas y la cabeza en su sitio, dejando que el trabajo hable solo.
Es difícil de explicarle a quien necesita estar siempre mirando hacia afuera para sentirse vivo, que nuestra mayor satisfacción está en el interior de estas cuatro paredes. Aquí el tiempo no se mide en vacaciones ni en puentes; se mide en el proceso, en la calma de estos meses y en ese sosiego que solo llega cuando la ciudad se calla y te quedas a solas con lo que estás creando.
No vamos dando lecciones a nadie, ni creemos que somos mejores que el resto por no querer irnos de veraneo. Simplemente es que somos distintos. Tenemos la suerte —o la condena, según se mire— de haber encontrado algo que nos llena tanto que todo lo demás nos sobra. Igual es eso ser un bicho raro, pero oye, cuando cierras la persiana del taller un martes de agosto, sudando pero con la satisfacción de haber avanzado un paso más, te das cuenta de que no cambiarías esta «vida monacal» por nada del mundo.
Al final, el verano es solo un recordatorio de que, mientras el mundo corre buscando distracciones fuera, nosotros hemos tenido la suerte de encontrar nuestro norte aquí dentro. Y creedme, es un privilegio que no se paga con ninguna vacación; es saber que la esencia de lo que hacemos no entiende de calendarios, sino de la verdad que uno guarda cuando se queda a solas con las obras.
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