Hay algo que me lleva tiempo rondando la cabeza cada vez que una hermandad anuncia un cambio de banda.
Siempre ocurre lo mismo.
Las redes se llenan de comparaciones, de debates sobre repertorios, de discusiones sobre afinación, potencia o calidad. En apenas unas horas ya hay un vencedor y un vencido. Una banda “gana” y otra, inevitablemente, parece haber fracasado.
Y, sin embargo, tengo la sensación de que estamos mirando hacia el lugar equivocado.
Porque nos empeñamos en creer que los contratos se firman únicamente con el oído.
Como si bastara una marcha mejor interpretada para explicar decisiones que afectan a proyectos de décadas.
Como si la música, por sí sola, fuese capaz de justificar todos los movimientos que vemos cada temporada.
Ojalá fuera tan sencillo.
La música importa. Claro que importa. Es la razón de ser de cualquier banda y debería ser el principal criterio para cualquier hermandad. Pero basta con observar lo que ocurre año tras año para comprender que la realidad es bastante más compleja.
Hay bandas que crecen musicalmente y pierden contratos.
Hay otras que mantienen exactamente el mismo nivel y, sin embargo, multiplican su presencia.
Hay hermandades que prescinden de formaciones que llevan años ofreciendo un magnífico resultado.
Y hay incorporaciones que nadie consigue explicar únicamente desde el plano artístico.
Entonces, ¿de verdad seguimos creyendo que todo depende de cómo suena una corneta?
Quizá nos cueste reconocerlo porque preferimos pensar que este mundo funciona desde la meritocracia. Nos tranquiliza creer que quien mejor toca termina ocupando los mejores sitios. Que el esfuerzo siempre encuentra recompensa.
Pero la vida, y tampoco la música procesional, funcionan de una manera tan matemática.
Existen relaciones personales.
Existen intereses económicos.
Existen proyectos de futuro.
Existen estrategias.
Existen modas.
Existen dinámicas internas que jamás conoceremos.
Y todo eso, nos guste o no, también termina sentándose en la mesa donde se decide un contrato.
No digo que esté bien. Ni siquiera digo que esté mal. Simplemente digo que ocurre.
Y quizá el primer paso para entender nuestro presente sea dejar de repetir el discurso cómodo de que “ha cambiado porque la otra banda es mejor”.
Porque esa frase, además de simplista, suele ser profundamente injusta.
Injusta para quienes se marchan después de años de trabajo impecable.
Injusta para quienes llegan cargando con una presión que no siempre les corresponde.
E injusta para el propio público, al que se le vende un relato mucho más simple de lo que realmente sucede.
Tal vez deberíamos aprender a separar dos conceptos que demasiadas veces confundimos.
Una banda puede ser extraordinaria… y perder un contrato.
Otra puede llegar a una gran hermandad… sin ser objetivamente mejor que la anterior.
Y ambas afirmaciones pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Porque los contratos no siempre los decide la música.
A veces los decide el contexto. A veces las personas. A veces las circunstancias. Y aceptar esa realidad no significa despreciar la música.
Al contrario.
Significa darle el valor que merece, evitando convertirla en la excusa perfecta para explicar decisiones que, en muchas ocasiones, nacen muy lejos de un atril.
Quizá algún día dejemos de preguntarnos qué banda toca mejor.
Y empecemos a preguntarnos qué es lo que realmente se valora cuando una hermandad toma una decisión.
Tengo la impresión de que ese día entenderemos muchas más cosas de las que hoy somos capaces de explicar.
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