A paso mudá | La procesión que nunca caminará sola

Hay procesiones que pasan a la historia por su belleza. Otras por una marcha inolvidable, por una lluvia inesperada o por un momento que termina formando parte de la memoria colectiva de un pueblo. La salida de la Virgen de África de este año, sin embargo, será recordada por algo muy distinto. No porque el cortejo fuera especialmente brillante ni porque ocurriera nada extraordinario durante la procesión. Será recordada porque nunca podrá desligarse de los acontecimientos que han marcado a Ceuta durante estos días.

Y esa es una realidad que conviene aceptar antes de intentar simplificar el debate. No estamos hablando únicamente de si la Virgen debía salir o quedarse en su templo. Estamos hablando de una ciudad que ha vivido unas jornadas de enorme tensión y cuyo calendario festivo ha quedado completamente alterado por unos hechos que han trascendido sus propias fronteras. Pretender que la procesión pudiera desarrollarse como si nada hubiera ocurrido era, probablemente, imposible.

Las imágenes religiosas no procesionan en un vacío. Lo hacen en ciudades reales, con personas reales, con problemas reales. Cada salida queda inevitablemente vinculada al momento histórico en el que se produce. Por eso seguimos recordando determinadas procesiones celebradas durante guerras, pandemias o catástrofes naturales. No porque fueran mejores o peores desde un punto de vista cofrade, sino porque el contexto terminó convirtiéndose en parte inseparable de ellas.

La de la Virgen de África pertenece ya a esa categoría. No importa cuál sea la opinión de cada uno sobre la decisión adoptada. Habrá quien piense que era precisamente el momento de que la Patrona recorriera las calles de Ceuta y habrá quien considere que las circunstancias aconsejaban otra respuesta. Ambas posturas seguirán enfrentadas durante mucho tiempo. Lo que difícilmente podrá discutirse es que esta procesión ya forma parte de una historia mucho más amplia que la de un simple cortejo procesional.

Quizá dentro de unos años alguien busque fotografías de esta salida. Verá a la Virgen, a los fieles, a la banda, a los costaleros y al público. Pero quienes la vivimos recordaremos inmediatamente todo lo demás. Recordaremos el ambiente, las conversaciones, las dudas, la tensión y la enorme controversia que la precedió. Porque hay acontecimientos que terminan convirtiéndose en el marco desde el que se interpreta todo lo que sucede después.

Las cofradías suelen decir que las imágenes acompañan a sus pueblos en los momentos difíciles. Puede que sea cierto. Pero también es cierto que esos momentos difíciles dejan una huella imborrable sobre las propias imágenes y sobre la memoria de quienes las contemplan. No cambian la devoción, pero sí cambian la forma en la que una generación recordará una determinada salida.

Y quizá esa sea la mayor enseñanza que deja la Virgen de África de este año. No que hubiera o no procesión. No quién tuvo razón en el debate. Sino la evidencia de que hay ocasiones en las que la historia irrumpe con tanta fuerza que acaba caminando junto al paso. Y, desde ese instante, resulta imposible separar una cosa de la otra.