Hay personajes que llegan a las redes sociales de una hermandad con la misma vocación con la que otros llegan a una notaría: para dejar constancia de sus rencores. El protagonista de esta historia pertenece a esa categoría antropológica tan peculiar del ecosistema cofrade cordobés en la que una cámara de fotos, una contraseña y un poquito de resentimiento pueden convertir a cualquiera en director general de venganzas digitales. Con la anuencia del hermano mayor y de toda la Junta de Gobierno, este individuo administra las redes institucionales como quien regenta una finca privada, seleccionando cuidadosamente quién merece aparecer, quién debe ser borrado del mapa y quién puede disfrutar del privilegio de ser recordado. Todo ello mientras desarrolla una relación con el calendario que merece ser estudiada por alguna universidad: hace fotografías de hoy, las procesa mañana y publica sus reportajes cuando Dios, la meteorología y la arqueología permiten determinar a qué año pertenecen. Hay reportajes fotográficos que llegan con semejante retraso que uno ya no sabe si está contemplando imágenes de la actualidad o abriendo un álbum familiar encontrado en el desván. El hombre no publica tarde: publica cuando el acontecimiento ya ha adquirido valor histórico. Si mañana fotografía una procesión, no descarten que podamos contemplar las imágenes dentro de dos Semanas Santas, convenientemente rescatadas de los archivos de la posteridad. Y lo mejor es que todo parece ejecutarse con una solemnidad absolutamente incompatible con semejante desfase temporal. Hay que reconocerlo: nadie convierte el retraso en una disciplina artística con tanta determinación.
Lo verdaderamente fascinante es que este pequeño emperador de Instagram parece haber descubierto que las redes sociales pueden utilizarse como instrumento de ajuste de cuentas personal. Y ahí aparece la parte verdaderamente deliciosa de la función: aquellos que en su día prescindieron de sus servicios, porque entendieron que su aportación era tan imprescindible como un paraguas en el desierto, han pasado a formar parte de su particular lista de enemigos. Desde entonces, cada publicación parece contener una diminuta dosis de vendetta, cada ausencia adquiere categoría de sentencia y cada reportaje fotográfico parece haber pasado previamente por un tribunal revolucionario de agravios antiguos. Naturalmente, todo ello sería perfectamente legítimo si se tratara de su cuenta personal, donde podría publicar sus fotografías cuando quisiera y dedicar sus noches a confeccionar listas de enemigos con la tranquilidad de quien rellena un álbum de cromos. Pero resulta que administra una cuenta institucional. Y ahí aparece el pequeño detalle que quizá alguien debería explicarle: una hermandad no es la prolongación digital de sus problemas personales. Mucho menos cuando la Junta de Gobierno contempla la operación con esa placidez bovina que permite sospechar que el experimento cuenta con autorización superior. Si el responsable actúa por su cuenta, tenemos un problema de incompetencia. Si actúa con permiso, tenemos un problema de gobierno. Y si nadie sabe qué ocurre, entonces tenemos una hermandad practicando una modalidad particularmente sofisticada de piloto automático administrativo.
El asunto adquiere todavía más comicidad cuando se contempla desde la perspectiva de esa corporación que durante años ha cultivado un complejo de superioridad de proporciones catedralicias, como si el resto de las hermandades tuviera que solicitar audiencia antes de respirar a su alrededor. Una especie de Vaticano de andar por casa en el que nuestro protagonista ejerce simultáneamente de fotógrafo, censor, archivero, inquisidor y, por lo que parece, ministro de Interior de una república que solo existe en su imaginación. Todo ello acompañado de una vieja colección de agravios, especialmente relacionada con quienes, en su día, decidieron poner punto final a su relación con él y con quienes posteriormente tuvieron la desgracia de quedar vinculados a una derrota electoral que, al parecer, todavía provoca combustión interna. Hay personas que pasan página. Este hombre, por el contrario, ha debido encuadernar el rencor en tapa dura y guardarlo en una vitrina. Y conviene añadir una precisión casi filológica: este sujeto ridículo hace tiempo que dejó de ser un niño, aunque su estulticia, su infantilismo y su patética conducta induzcan a emplear todavía su nombre en diminutivo, como cuando era un tierno infante, per secula seculorum. Lo extraordinario es que semejante arsenal emocional conviva con una capacidad comunicativa cuya velocidad puede medirse en eras geológicas. El sujeto parece haber encontrado la fórmula perfecta: primero acumula fotografías, después las deja reposar, posteriormente espera y finalmente, cuando ya nadie recuerda exactamente cuándo tuvo lugar aquello que aparece en las imágenes, aparece con un reportaje fotográfico rescatado de las profundidades del tiempo. La NASA podría aprender algo de esta capacidad para viajar hacia atrás en el calendario.
Y quizá ahí resida su mayor contribución a la Córdoba cofrade: nos ha regalado un personaje. En un mundo donde abundan quienes se toman demasiado en serio sus pequeñas parcelas de poder, siempre resulta saludable que alguien nos recuerde, aunque sea involuntariamente, la dimensión tragicómica de determinadas ínfulas. Porque pocas cosas producen tanto entretenimiento como observar a un administrador de redes que parece creer que custodiar una contraseña equivale a custodiar los secretos de Fátima. Lo verdaderamente lamentable es que detrás de la carcajada exista una realidad bastante menos divertida: las redes institucionales deberían servir a una hermandad, no a los resentimientos de quien las administra. Una Junta de Gobierno responsable tendría que comprender que permitir semejante deriva significa convertir una herramienta de comunicación en un instrumento de sectarismo, exclusión y revancha. Pero mientras nadie ponga orden, solo nos queda esperar. Esperar y confiar en que el próximo reportaje fotográfico llegue antes de que sus protagonistas hayan cumplido sus bodas de plata. Porque, al ritmo actual, quizá el próximo reportaje no sea de la Semana Santa de este año, sino de una que todavía estamos intentando recordar. Y si finalmente aparece, habrá que recibirlo como merece: con alfombra roja, fanfarria y una placa conmemorativa que proclame solemnemente que el pasado, por fin, ha llegado a las redes sociales.





