La revirá | Ni siquiera un hackeo conseguirá callarnos

Algunos todavía no han comprendido que existen batallas que no se ganan derribando una puerta, bloqueando una pantalla o provocando durante unas horas el silencio de un espacio digital. Un hackeo puede inutilizar una herramienta, alterar un sistema o intentar sembrar desconcierto, pero jamás puede borrar una voluntad construida durante años. Y quizá convenga dejarlo claro, sin estridencias pero también sin ambigüedades, para quienes puedan pensar que una agresión de esta naturaleza basta para hacer desaparecer una trayectoria: no nos van a callar. Llevamos demasiados años atravesando dificultades, soportando tempestades y aprendiendo a navegar contra corrientes que, en ocasiones, parecían diseñadas precisamente para hacernos abandonar. Hemos cometido errores, hemos afrontado momentos difíciles y hemos tenido que reconstruir más de una vez aquello que otros pretendían dar por perdido, pero seguimos aquí. Y eso, precisamente eso, es lo que algunos todavía no han entendido.

Porque existen proyectos que no dependen exclusivamente de una página, de un servidor, de una contraseña o de una infraestructura tecnológica. Hay cosas que no se pueden hackear porque están construidas sobre convicciones, trabajo y perseverancia. Se puede intentar cerrar una ventana, pero no impedir que volvamos a abrir otra; se puede provocar un tropiezo, pero no determinar cuánto tardaremos en levantarnos; se puede intentar sembrar el silencio, pero resulta bastante más difícil silenciar a quienes llevan demasiado tiempo aprendiendo a hablar incluso cuando las circunstancias aconsejan callar. Esta no es una cuestión de heroicidades impostadas ni de convertir un incidente en una epopeya, sino de recordar una realidad elemental: la resistencia también forma parte de nuestra identidad. Cada obstáculo nos ha obligado a aprender, cada golpe nos ha enseñado a recomponer las piezas y cada intento de debilitarnos ha terminado demostrando que aquello que permanece en pie después de tantos años no depende de una circunstancia pasajera.

A quienes puedan confundir un revés con una derrota quizá haya que recordarles que la historia no la escriben quienes consiguen provocar una caída, sino quienes encuentran la fuerza necesaria para levantarse después de ella. No es la primera vez que navegamos con el viento en contra ni será, probablemente, la última. Tampoco necesitamos que nadie nos conceda permiso para continuar ni que quienes nos observan desde la distancia comprendan nuestras razones. Hemos aprendido que la constancia es mucho menos vistosa que el triunfo inmediato, pero infinitamente más poderosa cuando el camino se prolonga durante años. La tenacidad no hace ruido, no necesita proclamas y rara vez ocupa titulares; simplemente permanece, incluso cuando todo alrededor invita a abandonar. Y si alguna vez alguien vuelve a pensar que puede hacernos clavar la rodilla en tierra, convendría que recordase cuántas veces hemos tenido que incorporarnos ya. Una, diez, cien o mil: mientras exista voluntad, habrá una razón para volver a ponerse en pie.

Así que este no pretende ser un lamento, sino un aviso a navegantes. Que nadie interprete una tempestad como el naufragio definitivo de un barco que lleva demasiados años aprendiendo a sobrevivir al temporal. Que nadie confunda el silencio circunstancial con la rendición, ni un golpe con el final de una travesía. Seguiremos navegando, porque hemos aprendido que los barcos verdaderamente resistentes no son aquellos que jamás conocen las tormentas, sino aquellos capaces de atravesarlas sin perder el rumbo. Y si vuelven a intentarlo, volveremos a levantarnos. No por orgullo, no por revancha y mucho menos por necesidad de demostrar nada a nadie, sino porque la constancia, la resistencia y la capacidad de perseverar cuando todo parece ponerse en contra constituyen nuestro mayor patrimonio. Podrán intentar hacernos tropezar, podrán intentar silenciarnos y podrán intentar convencernos de que ha llegado el momento de abandonar, pero hay algo que no está en sus manos: decidir cuándo dejamos de luchar. Y esa batalla, por mucho que algunos se empeñen, no la van a ganar.