Los artesanos | El refugio de las horas robadas

​Hay quien se imagina el taller como una cárcel de madera y silencio, un espacio monacal donde el tiempo se detiene y solo existe la fibra del soporte, el brillo del barniz o el oro fino que espera la caricia del pincel. Y es verdad que lo es. Pero los artesanos, cuando dejamos los hierros y limpiamos las manos, no nos apagamos con ellos. Fuera de las horas de faena, cada uno carga con sus mundos, con esas pequeñas devociones invisibles que alimentan el espíritu y que, de un modo u otro, acaban filtrándose entre cedro, yeso y goma laca.

​Lo curioso de estos oficios es cómo se encajan esas inquietudes cuando el reloj aprieta. Porque el tiempo, ese bien tan escaso que siempre corre más que nuestras manos, nunca sobra. No hay horas libres de postal ni agendas despejadas para el capricho. Por eso, el tiempo para lo que a uno le llena no se encuentra; se roba.

​Se araña a la madrugada antes de levantar la persiana, se exprime en los ratos muertos de un secado que no admite prisa, o se esconde furtivo en el mismo rincón del taller, entre botes y disolventes, cuando el silencio de la tarde invita a la pausa. Ahí, en ese instante en el que la herramienta descansa sobre la mesa, el taller deja de ser centro de trabajo para convertirse en santuario. Es entonces cuando suena esa melodía interior o cuando las palabras de un libro cobran sentido frente a la madera, fundiendo el arte de vivir con el arte de crear.

​Al final, todas esas inquietudes no son un pasatiempo; son el combustible invisible que evita que los oficios se conviertan en una mera rutina de obreros. Porque el que no cultiva lo que lleva dentro acaba convirtiendo su obra en algo hueco. Y nosotros, entre acordes lejanos, páginas leídas y horas arañadas al reloj, seguimos buscando esa chispa secreta que mantiene el alma encendida.