¡Tos por igual, valientes! ¡A esta es!
Mi arma, si hay algo verdaderamente fascinante en el mundillo del martillo es la capacidad que tienen algunos de cambiar de filosofía sin despeinarse, ni siquiera al quitarse el costal. Hubo un tiempo, no diré en qué ciudad, en que cierto capataz habitaba en la mismísima cúspide del Everest cofrade, allá arriba, donde el aire escasea, las vistas son privilegiadas y uno corre el peligro de confundir la altura con la categoría. Desde semejante balcón, contemplaba a otros compañeros que se atrevían a convocar sus igualás bastante antes de Navidad y le entraba una risa floja, una de esas carcajadas con sorna que parecían decir: «¡Pero bueno, criatura, ¿tú qué necesidad tienes de citar a la gente con tanta antelación?!». Pero detrás de aquella guasa había bastante más que una simple discrepancia de calendario: lo que de verdad cuestionaba era el tirón de aquellos capataces, su capacidad para reunir una buena cantidad de costaleros sin tener que andar con tantas previsiones. En su particular escala de valores, quien convocaba pronto no lo hacía por organización, sino porque era un cagón, un miedoso que no confiaba en que la gente acudiera por su propia iniciativa y necesitaba adelantarse por si la convocatoria se quedaba más desangelada que un ensayo en plena ola de calor. ¡Qué arte tenía el gachó para medir la fuerza de las cuadrillas ajenas desde su particular trono de llamadores! Para él, aquello era poco menos que una excentricidad digna de estudio en Cuarto Milenio, porque, claro, cuando uno se cree el rey del mambo costalero, hasta el calendario de los demás parece una confesión de debilidad. ¡Noniná!
Pero resulta que la vida cofrade tiene más curvas que una chicuelina y menos memoria que un pez de acuario cuando interesa. El tiempo pasa, las circunstancias cambian y aquella cúspide, que parecía construida con hormigón armado y bendecida por todos los santos del escalafón, ya no está tan inexpugnable. Y hete aquí que nuestro protagonista, aquel que se partía la caja con los compañeros que movían las igualás en el calendario antes de que los turrones hicieran acto de presencia, ha descubierto las inmensas virtudes de convocar las igualás con antelación. ¡Toma del frasco, Carrasco! El que antes parecía interpretar cualquier convocatoria temprana como una señal de que su autor no tenía suficiente tirón para llenar la igualá, ahora parece haberse matriculado en un máster de planificación costalera. Donde antes veía miedo, hoy encuentra previsión; donde antes soltaba la risita, ahora prepara la convocatoria; y donde antes parecía que los demás tenían que adelantarse porque no confiaban en la respuesta de sus costaleros, ahora resulta que el tiempo es oro y conviene tenerlo todo organizado antes de que se lo lleve otro. ¡La conversión ha sido más rápida que la de un abstemio cuando anuncian barra libre de Cruzcampo! Si esto llega a durar un poquito más, lo mismo nos presenta una ponencia en unas jornadas de gestión cofrade titulada «La importancia estratégica de citar al personal antes de que aparezca el primer polvorón».
Y ojo, que aquí Costal Hero no viene a decir cuándo debe convocar cada cual sus igualás, porque el que la lleva la entiende, y cada maestrillo tiene su librillo, su cuadrilla, sus circunstancias y su manera de organizarse. Faltaría más. La igualá es, entre otras cosas, ese primer termómetro que permite comprobar cuánta gente responde a la llamada y si la cuadrilla tiene el tirón esperado; por eso, convocar con tiempo puede ser una decisión sensata para disponer de margen si la asistencia no es suficiente y hace falta buscar costaleros. Hay quien prefiere tenerlo todo amarrado antes de Navidad y quien espera a que los mantecados hayan pasado a mejor vida; unos preparan la temporada con meses de margen y otros funcionan con el calendario pegado al martillo. Mientras se haga con sentido y responsabilidad, cada cual es libre de organizar su trabajo como le salga del mismísimo costal. Lo verdaderamente gracioso es pasarse una temporada señalando al vecino como un cagón por anticiparse, como si necesitar margen para completar una cuadrilla fuera una vergüenza, y terminar recurriendo a la misma estrategia cuando cambia el viento. ¡Mi arma, eso no es cambiar de opinión: eso es dar una larga cambiada al calendario y salir por la puerta grande! Costal Hero, que no pierde detalle desde la barrera, recomienda para estos casos una buena dosis de memoria selectiva, dos cucharadas de humildad y un vasito de manzanilla para bajar la digestión. Porque en esta bendita fiesta uno puede cambiar de método, de cuadrilla, de agenda y hasta de marca de faja, pero conviene no reírse demasiado fuerte de la jugada del compañero: nunca sabes cuándo te va a tocar hacer exactamente lo mismo. Y entonces, mi arma, la hemeroteca no perdona y el calendario tiene más memoria que un capataz con una libreta de relevos.
¡Ahí quedó!
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