Las tragedias tienen la capacidad de detener el tiempo y las diferencias ideológicas, los enfrentamientos y hasta las prisas cotidianas. Sólo queda el dolor, el dolor repartido entre toda persona que tenga algo de corazón y conocimiento, sentimos el dolor de las víctimas, y el de sus familias. Nuestra sociedad es la que contempla, una vez más, cómo la fragilidad humana deja una herida difícil de cerrar.
Lo sucedido en Urda ha provocado una conmoción comprensible. Y ante ella cabía esperar de nuestros responsables públicos prudencia, respeto, cercanía y, sobre todo, voluntad de corregir aquello que haya podido fallar. Sin embargo, una vez más hemos asistido a un espectáculo que empieza a convertirse en costumbre: la búsqueda apresurada de culpables antes incluso de que lleguen las soluciones.
Y eso también duele.
Duele escuchar a un ministro comparecer con rapidez para señalar responsabilidades mientras sigue sin explicar qué medidas concretas van a adoptarse para evitar que una tragedia semejante vuelva a repetirse. Duele porque parece más importante encontrar a quién atribuir el error que reconocer las posibles deficiencias de un sistema que debería estar diseñado precisamente para minimizar las consecuencias del error humano, el error humano existe.
Existe en la carretera, en el ferrocarril, en la aviación, en la medicina y en cualquier ámbito donde intervengan personas. Descubrirlo después de una tragedia no constituye ninguna revelación. Lo verdaderamente importante es preguntarse qué barreras existían para impedir que ese error terminara produciendo consecuencias fatales y por qué esas barreras no funcionaron, y si no las había crearlas de forma inmediata, y aplicarlas con la misma eficiencia.
Ahí es donde debería centrarse el debate.
No en el titular fácil. No en la declaración indignada ante las cámaras. No en el señalamiento inmediato de un trabajador, un técnico o un responsable concreto. La verdadera responsabilidad política comienza cuando se deja de buscar excusas y se empieza a buscar soluciones.
Los cofrades entendemos bien esta realidad. Si durante una estación de penitencia ocurre un incidente grave, la hermandad no se limita a encontrar un culpable. Se revisan los protocolos, se estudian las circunstancias y se introducen mejoras para que no vuelva a suceder. Lo contrario sería una irresponsabilidad.
Resulta llamativo que quienes exigen responsabilidades a todos, rara vez, empiecen por asumir las propias. Porque dirigir un ministerio no consiste únicamente en comparecer cuando ocurre una desgracia, ni en ser un figura de las redes sociales. Consiste, sobre todo, en prevenir la desgracia. Gobernar significa anticiparse a los problemas, corregir deficiencias y reforzar la seguridad antes de que la tragedia nos vuelva a romper el corazón.
Por eso son insuficientes las palabras de condolencia si no vienen acompañadas de decisiones concretas. Son insuficientes las promesas de investigación si terminan archivadas en un cajón. Y son insuficientes las acusaciones si quienes las formulan continúan sin presentar reformas capaces de reducir los riesgos futuros, las víctimas merecen algo mejor.
Merecen que su sufrimiento sirva para aprender. Merecen que de una desgracia nazca una mejora. Merecen que el dolor no se convierta en un arma arrojadiza entre partidos políticos.
Desde la perspectiva cristiana, la compasión auténtica y el perdón exigen algo más que el lamento. Exige responsabilidad. Exige compromiso. Exige acciones concretas. No basta con acompañar a quienes lloran. Tampoco basta con no asistir, cobardemente, a los actos religiosos en honor de las inocentes víctimas, se trata de que trabajando se evite el que mañana haya personas llorando por una demostrada pasividad.
Frente a una tragedia, lo fácil es encontrar un culpable. Lo difícil es encontrar una solución. Lo fácil es señalar con el dedo, siendo mucho más difícil asumir la propia responsabilidad. Lo fácil es comparecer ante las cámaras. Lo verdaderamente difícil es tomar decisiones que eviten nuevos errores.
Y cuando un ministro parece más dispuesto a señalar que a corregir, el dolor de las víctimas se ve acompañado por otra amarga sensación: la de que, una vez más, la cobarde política corre más deprisa que la verdad y la responsabilidad, porque el verdadero homenaje a quienes han sufrido no consiste en buscar a quién culpar, sino en garantizar que todo lo posible se haga para que nadie tenga que volver a sufrir por lo mismo.
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