El cirineo | El niño en el bautizo, el novio en la boda y el muerto en el entierro

En las últimas horas he tenido que asistir, con una mezcla de estupor y franca hilaridad, a un incalificable espectáculo desplegado en una conocida red social a propósito de una noticia publicada por el medio que presido sobre una de las bambalinas del palio de la Virgen de la Piedad. Hablamos de una pieza ejecutada por el prestigiosísimo taller de Jesús Rosado Borja, siguiendo el espectacular diseño concebido por el proyectista cordobés Julio Ferreira Gaspe, y que forma parte del conjunto presentado hace casi un año y estrenado el pasado Martes Santo. Para mi sorpresa, un personaje cuya existencia desconocía hasta hace bien poco irrumpió en los comentarios para advertir que el trabajo había sido iniciado por el taller de Francisco Pérez Artés, algo que, efectivamente, es cierto: su obrador bordó una de las bambalinas, concretamente la frontal. Pero la pieza a la que se refería nuestra información, la expuesta en Sevilla Fecit, salió del taller de Rosado. Por tanto, introducir en esa noticia una reivindicación sobre otra bambalina, que no era objeto de la información, carecía de la más elemental lógica periodística. Lo verdaderamente hilarante no es detenerse a investigar quién se encuentra detrás de semejante ocurrencia, porque hacerlo podría conducirnos a descubrir algunas razones que explicarían el exabrupto y que, al menos por ahora, prefiero reservarme. Hay pataleos que resultan mucho más convenientes en privado. Y viene aquí como anillo al dedo aquella reflexión que Maurice Switzer dejó escrita en su libro de 1907 Mrs. Goose, Her Book: «Es mejor guardar silencio a riesgo de ser considerado un tonto que hablar y eliminar toda duda». Una máxima que algunos deberían tener muy presente, especialmente cuando el ruido que provocan puede terminar revelando motivaciones que creo que sería preferible mantener a buen recaudo.

La cuestión habría quedado reducida a una anécdota de redes sociales, una de esas pequeñas escaramuzas digitales que nacen, crecen y mueren entre comentarios, si no hubiese aparecido después un segundo episodio, todavía más desconcertante: la intervención del propio Francisco Pérez Artés, insistiendo en atribuirse la creación artística de la interpretación, al hilo de aquel comentario que pretendía adjudicarle el mérito de haber dado sentido al diseño de Julio Ferreira. Y aquí es donde el asunto adquiere tintes verdaderamente grotescos. ¿Desde cuándo necesita un diseño artístico que un bordador le dé sentido? ¿Acaso el proyectista concibe una obra carente de significado a la espera de que alguien, aguja en mano, venga a iluminarla intelectualmente? Una cosa es reconocer la aportación técnica y artística de quien ejecuta una pieza bordada, y otra muy distinta confundir la autoría del diseño con la realización material de la obra. El trabajo de un taller merece el reconocimiento que le corresponda, naturalmente, pero ese reconocimiento no puede construirse a costa de desdibujar las atribuciones de los demás. Y mucho menos mediante una intervención que pretende corregir una información cuyo objeto estaba perfectamente delimitado desde el titular hasta el último párrafo.

Más allá de la calidad de los proyectos salidos de uno u otro taller, y al margen de ocasiones pretéritas en las que algunos de los implicados en este episodio han alcanzado mayor protagonismo por circunstancias adyacentes a su trabajo que por el propio resultado de este, lo verdaderamente revelador de todo este enojoso asunto parece ser la necesidad que algunos sienten de convertirse en el niño en el bautizo, el novio en la boda y el muerto en el entierro. Una pulsión por ocupar siempre el centro de la escena, incluso cuando la escena no les corresponde, que termina por convertir cualquier noticia ajena en una oportunidad para reclamar una cuota de protagonismo. Y eso es algo que no voy a permitir cuando se pretende utilizar una publicación del medio que dirijo para una promoción que no le corresponde. Si la queja de Pérez Artés obedece a que considera que la Hermandad no ha reconocido suficientemente la intervención de su taller, cuestión que francamente pongo en duda en lo que respecta a una supuesta ocultación de la parte de la obra que le pertenece, el cauce para resolverlo es tan sencillo como evidente: debe dirigirse a la propia Hermandad y aclarar con ella lo que considere oportuno. ¿A mí qué me cuenta? Que cada cual reclame ante quien corresponda, pero que nadie pretenda convertir una noticia sobre una pieza concreta en un escaparate para sus reivindicaciones particulares.

Y conviene dejar una cosa meridianamente clara: cuando una información habla de una bambalina expuesta en una muestra, se escribe sobre esa bambalina, sobre su diseñador y sobre el taller que la ha ejecutado. No sobre otra pieza, por mucho que un tercero considere que también debería ocupar espacio en la noticia. La línea editorial de un medio no se dicta desde la sección de comentarios de una red social, ni sus redactores necesitan que nadie venga a explicarles cómo deben desarrollar su trabajo. Para quienes, además, parecen tener dificultades para comprender lo que leen, la noticia recogía expresamente lo siguiente: «La culminación del palio incorporó también el trabajo previo de Francisco Pérez Artés, responsable de una de las bambalinas, mientras el taller ecijano de Rosado asumió la ejecución de otras partes del conjunto conforme al diseño de Ferreira». Es decir, Pérez Artés estaba mencionado, su intervención estaba reconocida y la información distinguía con claridad las aportaciones de ambos talleres. Quizá antes de lanzarse a descalificar una noticia en público convendría dedicar unos segundos a leerla con atención. No parece una exigencia intelectual desmesurada, aunque a la vista de lo sucedido pudiera parecerlo.

Pero es que hay algo todavía más elemental: incluso si la noticia no hubiese mencionado en absoluto a Pérez Artés, el trabajo periodístico habría sido impecable si se hubiera limitado a informar exclusivamente sobre la bambalina expuesta en Sevilla Fecit. Porque, cuando se informa de una pieza concreta, los protagonistas de esa información son quienes han intervenido en esa pieza: su diseñador y el taller responsable de su ejecución. Punto pelota. No existe obligación periodística alguna de incorporar a la noticia todas las demás intervenciones que hayan podido formar parte del conjunto, ni de satisfacer las expectativas de reconocimiento de quienes no son objeto de la información. El periodismo no es una oficina de relaciones públicas, ni una ventanilla de reclamaciones, ni un instrumento al servicio de las susceptibilidades de nadie. Y mucho menos una plataforma que pueda utilizarse a conveniencia para corregir agravios particulares. Cada cual tiene derecho a defender su trabajo, a reclamar el reconocimiento que estime oportuno y a discrepar de lo que considere injusto. Lo que no tiene es derecho a decidir sobre el contenido de una publicación ajena. Así que, si a alguien no le gusta cómo hacemos nuestro trabajo, ya sabe perfectamente dónde está la puerta.