El rincón de pensar | Menos lecciones y más sacrificio

Hay algo que algunos todavía no han entendido: detrás de una banda hay personas que dedican buena parte de su tiempo libre a una pasión que viven de manera altruista, sin esperar nada a cambio, salvo la satisfacción de hacer bien las cosas.

Cerca de 200 noches al año. Ensayos después de trabajar, noches de frío, lluvia y calor, horas robadas a la familia y al descanso. Un sacrificio que rara vez se ve desde fuera, pero que resulta imprescindible para que todo suene como debe sonar.

Y, sin embargo, qué fácil es echar por tierra el trabajo de los demás cuando uno no ha tenido que sacrificar tanto para conseguirlo.

Antes de repartir lecciones sobre cómo debe sonar una banda, quizá convendría conocer lo que cuesta mantenerla. Y, puestos a hablar de compromiso, tampoco estaría mal recordar que en nuestras cofradías todos tenemos aspectos que mejorar.

Desde el costalero, que debe procurar que cada levantá y cada chicotá contribuyan a un caminar digno y acompasado, hasta el nazareno, que tiene en la estación de penitencia una responsabilidad que va mucho más allá de vestirse la túnica un día al año. Sin olvidar a nuestros acólitos, cuya importante labor gana todavía más cuando se acompaña de la solemnidad y la discreción que requiere el culto.

Y es que en el mundo cofrade nadie está libre de cometer errores. Todos podemos mejorar, desde el músico hasta el costalero, desde el nazareno hasta el acólito. Por eso resulta curioso que a veces seamos tan exigentes con el trabajo ajeno y tan poco dados a revisar el nuestro.

Para exigir compromiso hay que entender primero lo que significa comprometerse.

Por supuesto que las bandas se equivocan y que las críticas constructivas son necesarias. Pero existe una diferencia enorme entre querer mejorar algo y despreciar el esfuerzo de quienes trabajan desinteresadamente para sacarlo adelante.

Los músicos no están ahí para satisfacer el ego de nadie. Están porque sienten su banda, porque aman la música y porque creen en un proyecto al que entregan una parte importante de sus vidas. Lo hacen sin cobrar por cada ensayo, sin contabilizar las horas y sin exigir aplausos por cada sacrificio.

El problema es que en el mundo cofrade abundan los expertos en señalar los defectos ajenos y escasean quienes se detienen a revisar los propios. Mucha exigencia hacia fuera y demasiada indulgencia cuando toca mirarse al espejo.

Así que, antes de criticar el trabajo de una banda, quizá convendría preguntarse cuánto se conoce de su realidad y cuánto se está dispuesto a aportar a cualquier proyecto sin esperar nada a cambio.

Porque el compromiso no se demuestra únicamente en la calle, bajo un paso, con una túnica o delante de un incensario. También se demuestra durante todo el año, cuando no hay público, aplausos ni fotografías que compartir.

Menos lecciones de cofradía y más coherencia. Que el compromiso no consiste en señalar lo que hacen mal los demás, sino en cumplir con lo que a cada uno le corresponde.

Porque destruir es fácil. Lo difícil es dedicar cerca de doscientas noches al año a construir algo sin remunerar por ello, simplemente por amor a una pasión.

Y para juzgar el esfuerzo ajeno, convendría empezar por aprender a valorarlo.