A contracorriente | Asalto en una esquina de X

A la vuelta de una esquina, en mitad de la noche y con el aceite de los candiles consumido, se daban las circunstancias precisas para que un espadachín avezado, de esos a los que se les adeudaba la pensión, te asaltara y te hiciera sentir el acero en el gaznate.

Era la bolsa o la vida, sencillo, sin ambages ni versos. Todo reducido al miedo o a un inocuo ejercicio de heroicidad anónima. 

Eran otros tiempos en los que términos como sostenibilidad, cambio climático ni sonaban a lengua de herejes, porque eran inconcebibles. Tampoco se acuñaba eso de la salud mental, sino de los endemoniados a los que había que practicar un exorcismo. 

Sin embargo, eso de las cofradías ya sonaba, incluidas las procesiones de disciplinantes, de sangre, algo que ahora seríamos incapaces de soportar desde nuestro prisma de altares perfectos, de notas musicales estudiadas hasta la saciedad, de chicotás al son.

Pero como en aquellos siglos pretéritos, los espadachines aun perduran. Ya no portan el acero ni las dagas tras el cinto o las botas. Blanden un teléfono o un ordenador, desde donde abren la cuenta en la red social y lanzan un tuit. El primero puede ser un aviso, el acero rozando lo suficiente el gaznate. El segundo, hace sangre. El tercero, te aniquila hasta en tus alrededores más cercanos.

Además, soldados de los tercios hay muchos en la red, pero profesionales de la guerra, estrategas o tacticistas puros solo hay unos pocos. El espacio reservado para los elegidos. Los mismos que lanzan la publicación y en su corte aparentemente inocuo dejan la saliva invisible del veneno que va provocando la gangrena, que avanza necrosando los sentidos. 

La historia puede parecer, a simple vista, actual, pero es tan antigua como historia que es.