A contracorriente | Banderolas y ofendidos

Lo reconozco, no me gustan ni las banderas, ni las banderolas, ni las banderitas, ni las guirnaldas jalonando el recorrido de una procesión. 

Soy más de repostero, y tampoco, sino de ver el cortejo, el paso y punto. El resto me recuerda más al adorno de una caseta de feria que a otra cosa.  

Dicho lo cual, el jolgorio (porque no da ni para jaleo) que se ha formado con lo de las banderas para adornar algunos tramos de recorrido para la Magna parece tan de película de Berlanga como la terminología usada para denominar a la propia Magna con eso del Magno tal y cual. 

Adornar las calles te gustará más o menos, pero es tan lícito como lo contrario, máxime en una ciudad que -lo niegue quien lo niegue- lleva dejada de la mano de Dios algunos siglos y empeorando. 

Mejor mirar las banderas que la suciedad de las aceras y sus grietas. Pero el asunto está en que hay a quien le disgusta que su imagen pase debajo de una enseña que nombra a otro santo. 

A partir de ahí se mete en el asunto el amigo Hurtado buscando rédito político, los cofrades aplaudiendo y criticando y el largo etcétera de ofendidos por cualquier motivo. 

Mientras tanto, las hermandades se apresuran a decir que yo no he puesto las banderas, ha sido un grupo de devotos, asemejando a las cofradías sevillanas mostrando su apoyo al gremio de la artesania sacra, como si los adornos los hubieran hecho en Paquistán (si hubieran salido del taller de Paquili estaban benditas). 

Pero ya les digo que mejor mirar las banderas que las aceras o que algunos de los pasos a medio hacer que van a salir en la Magna.