Hay religiones paganas y sentimientos profanos en las instituidas. Sensaciones encontradas, que tienen como nexo común la necesidad del hombre por la trascendencia. El fin último que tanto han reflexionado los filósofos, la capacidad de trascendencia que ni el mejor teólogo es capaz de responder.
Blaise Pascal decía aquello de que preferiría equivocarse creyendo en un Dios que no existe, que equivocarse no creyendo en un Dios que existe. La reflexión es demoledora y más viniendo de alguien que era matemático y físico, además de filósofo y teólogo (no vamos a entrar en su condición de francés), y que inventó la máquina aritmética.
Pascal era clarividente en muchos aspectos y, entre algunos católicos quedó otra cita, aquella de que el corazón tiene razones que la razón no conoce. La contradicción del ser humano, que él supo discernir con la capacidad de un visionario, nos remite al comienzo, a la inexplicable capacidad de trascendencia en cuanto a la dificultad de expresarla.
Y en ese ámbito entran las imágenes sagradas, las que procesionan y conminan al devoto a apercibirse de que la existencia de Dios es tan real como la estampa que tiene ante sus sentidos. Y eso me sucede cuando pronuncio tu nombre y lo interiorizo en un silencio, que habla contigo desde aquel primer verano en tu ermita. Entonces, siempre te digo que alguna vez haré el camino, que veré la presentación de las hermandades y que me dejaré llevar por la multitud cuando Pentecostés recuerde al Paráclito y tú eres la lengua de fuego que aviva las razones de esos corazones.
Y siempre te digo que seré capaz de sorportar el folclore, de pronunciar tu nombre a viva voz, Rocío.





