A contracorriente | El discutible criterio de los apóstoles de la verdad relatada

Mercadillo

Lo que pasó en Sevilla este fin de semana fue un acontecimiento único, histórico -o llámenlo como quieran-, para La Redención. La coronación de la Virgen del Rocío fue, sencillamente, impecable en todos sus aspectos, incluida la procesión triunfal.

Fue una salida extraordinaria en toda regla, para enmarcar la unicidad del acontecimiento, y dejó momentos sublimes, inéditos y difícilmente repetibles. Uno de ellos se debió a los tamborileros anunciando la llegada de la Virgen, cuyo palio iba a ese son almonteño, que dejó admirado al numerosos público congregado y que tuvo su corolario con la Virgen del Rocío en el Salvador, en un silencio del que los devotos fueron cómplices y tras el que irrumpió la Banda de la Cruz Roja. Un momentazo imborrable.

Como también lo fue el exquisito y amplio repertorio interpretado por la citada banda y no menos, sino más sublime aún escuchar a una de las grandes agrupaciones musicales. La Redención sonó de fábula, maravilló y puso sobre la mesa (en este caso las calles de Sevilla) un repertorio con gusto clásico, de esos que hacer vibrar lo más profundo del ser cuando suenan de maravilla.

Además no hubo vallas y se disfrutó de un poquito de libertad. Pero todo eso que les puede llevar a pensar que todo fue genial, no lo fue tal para los apóstoles mediáticos sevillanos. Esos que reparten carnets de la verdad (les falta crear el ministerio homónimo) y que suben o te apalean con su verbo fácil y su calificativo afilado, en función del aro, esto es, si pasas o no por él.

Su criterio es tan discutible como el que aducen para criticar la procesión, o para elevar a sus amigos supuestamente escultores y bordadores. Vale lo mismo que nada o que todo, si caen en el trasfondo de su intención.