Hay quien, pase lo que pase, no quiere problemas. Pero la contrariedad siempre llega, aunque no hagas lo más mínimo por buscarla.
Aparece de las más diversas formas y maneras y, cuando surge a modo de crítica, puede llegar a ser hasta por hablar bien de uno, cosa que molesta a otro. La mezquindad no tiene barrio ni entiende de condición social.
Es como la lucha de clase de los mediocres que, por ejemplo, por influir en un reducido grupo de personas partiendo de su posición de poder ya se creen alguien y solo son eso, personas que influyen sobre otras en un contexto determinado.
Pero está el factor miedo, más poderoso que cualquier razonamiento lógico. Hay quien lo expresa con sus silencios y, de esos, en cofradías hay numerosos ejemplos.
Hay quien lo expresa a voz en grito, pero no es más que otro síntoma de la inseguridad. También pasa en cofradías.
Todo pasa en todas partes, hasta donde suenan las cornetas, fliscornios y bombardinos. Y nos entretienen con sus mercados de fichajes como el Barcelona con el fair play financiero, pero en este caso el tema no suele ser el dinero, sino el querer a…, el miedo a…, y un largo etcétera de efectos secundarios, de esperas autodestructivas que se llevan por delante a hermandades que, al fin y al cabo, solo son un daño colateral.





