Las cofradías, el germen que ha llegado a nuestros días, surgió como respuesta a la Reforma Protestante. Es de todos sabido -o debería-, aunque es bueno recordarlo para incidir en la habitual desconexión entre Iglesia (o jerarquía) y cofradías.
Las hermandades buscaron su camino, su rincón de independencia, que se hizo más evidente en algunos momentos históricos puntuales, como el periodo postconciliar del Vaticano II. Una separación conparable a la de Iglesia-Estado tantas veces vista.
La teocracia no es una opción ni para el modelo de gobierno de los hombres, ni para el de los cofrades, por más que estos últimos suelan mostrarse anuentes con el clero y el clero se aproveche de la coyuntura.
Esa distancia sutil se ha podido comprobar en todo su esplendor en Roma, con motivo del Jubileo de las Cofradías, donde las imágenes españolas no gozaron de protagonismo eclesial, cuando eso debería ser el mínimo común múltiplo de la matemática espiritual.
El nuevo Papa no tuvo hueco en su agenda para un saludo y la misa de inicio del pontificado dejó más patente, si cabe, que lo importante era otra cosa. Los gestos, su ausencia en este caso, fueron extremadamente gráficos.
Pero también los hubo de otro tipo, como el del obispo de León Luis Ángel de las Heras. La imagen del prelado portando al Nazareno es de las que hablan por sí mismas y no requieren de explicación. No fue el Papa contemplando la procesión o visitando al Cachoro y a la Esperanza de Málaga en su breve estancia en San Pedro. Pero ese vínculo del pastor con su grey quita algo de razón a la Reforma Protestante, aunque desde esferas más elevadas se haga justo lo contrario.





